3.10.00

La nueva muralla china


El gobierno chino festejó el domingo el 51 aniversario de su fundación con el arresto de cientos de integrantes de la secta Falun Gong. Aunque sin sangre, Tien An Men volvió a ser escenario de coreografías policiales para la preservación de la disciplina espiritual y de la fidelidad al partido.

Un día más tarde, ayer, se produjo un gesto más significativo, si cabe, de la determinación de impedir la propagación de ideas exóticas: el diario oficial anunció un paquete de medidas drásticas --aprobadas hace dos semanas por el gabinete-- para impedir la difusión en Internet de materiales subversivos que dañen la reputación del gobierno, perjudiquen la reunificación con Taiwán o difundan cultos religiosos no autorizados.

Según un cable tempranero de Reuters, las autoridades de Pekín advirtieron a las empresas proveedoras de acceso y de contenidos que deben mantener un estricto registro del material y de los usuarios, y entregar tales registros a la policía cuando así se les requiera. Los servidores autorizados de Internet cuentan con un plazo de 60 días, a partir de ayer, para dar información detallada sobre sus negocios al Ministerio de Industria de la Información, y cualquier violación de esas disposiciones causará multa o clausura.

Este empeño policial por construir una réplica en el ciberespacio de la Gran Muralla puede ser exasperante, pero sobre todo es muy tonto. La esencia actual de Internet es la conexión entre computadoras de todo el mundo, lo que permite navegar entre páginas y sitios, intercambiar documentos y mensajes electrónicos (e incluso voz e imagen de video) y realizar procesos en línea. Una Internet cerrada al mundo no sólo es imposible sino que resultaría de tanta utilidad como una enciclopedia a la que se arrancaran todas las páginas que no hablaran de China.

Hoy en día el país de Mao cuenta con miles de nodos de Internet --que se multiplican a diario-- por los cuales los extranjeros podemos asomar la nariz a esa nación y los chinos, sacarla al mundo. Cualquier industria local que trate de exportar sus baratijas requiere de una página electrónica y de una cuenta de correo. Por fortuna o por desgracia, no es posible construir, con base en los microprocesadores y los sistemas operativos existentes, filtros ideológicos que rechacen las ideas perniciosas y dejen pasar sólo las órdenes de compra o las polémicas sobre álgebra. La ignorancia de las computadoras en materia de purezas ideológicas es tan grande como la de los gobernantes chinos en cuestiones de Internet.

Hace cuatro años el gobierno de Clinton, presionado por los legisladores republicanos, intentó imponer la llamada “Acta de la decencia”, una prohibición de difundir en Internet materiales considerados obscenos. La regulación fue desechada y olvidada luego que los primeros intentos de censura digital apuntaron a la página del Museo del Louvre --por las tetas desnudas de la Venus de Milo-- y al sitio de una organización dedicada a prevenir el cáncer de mama.

A los jerarcas chinos les quedaría la esperanza de la censura manual, de no ser porque, con los actuales volúmenes de intercambios y flujos de información, ningún proveedor de acceso a la red mundial puede prometer con honestidad el cumplimiento de las prohibiciones, pues ello implicaría un trabajo tan arduo como el que tendría que desarrollar una empresa telefónica para intervenir todas las líneas, grabar la totalidad de las conversaciones, analizarlas y dar aviso a la autoridad de cualquier plática sospechosa.

A veces el poder se pone nervioso y elabora regulaciones impracticables. Si además porfía en imponerlas emite, con ello, señales inequívocas de miedo.

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