10.10.17

Cataluña


Si la institucionalidad española no se hubiera empeñado en impedir a toda costa la realización del referendo independentista del primero de octubre en Cataluña, tal vez el porcentaje por el no habría resultado minoritario, pero significativo. Pero al empecinarse en negar el derecho al sufragio a todos los habitantes de esa región y declarar ilegal la votación, Madrid dejó sin voz a quienes se oponen al proceso independentista y ofreció en bandeja de plata una mayoría abrumadora al separatismo. Más aun: al lanzar una agresión policial injustificada y bárbara a la ciudadanía que acudió a las urnas e incluso a la que iba pasando frente a ellas, el gobierno de Mariano Rajoy regaló a los secesionistas catalanes un argumento ineludible: no queremos formar parte de un Estado con modales tan violentos y autoritarios. Después el rey Felipe VI, desde su cargo nominal de jefe de Estado, formuló el ofrecimiento implícito de más garrotazos, proliferaron de parte de la clase política españolista las amenazas de recrudecimiento de la persecución policial del independentismo y, para rematar, Pablo Casado, subsecretario de Comunicación del Partido Popular (en el poder), advirtió a Carles Puigdemont, el presidente de la rebelde Generalitat, que de seguir sus afanes independentistas podría terminar como Lluís Companys.

Hay que recordarlo: el 6 de octubre de 1934 Companys, político catalán que vivió la Segunda República atrapado en los conflictos entre las distintas fuerzas políticas –socialistas, comunistas, catalanistas, anarquistas–, proclamó el Estado Catalán dentro de la República. Tras haber sido presidente de la Generalitat, al término de la Guerra Civil se exilió en Francia, donde los nazis lo capturaron y lo entregaron a la dictadura de Franco. Torturado durante más de un mes en la sede de la Dirección General de Seguridad, en Madrid, fue posteriormente trasladado a Barcelona, donde el franquismo lo sometió a una farsa de juicio y lo fusiló el 15 de octubre de 1940.

Si se considera que proviene del portavoz de un partido fundado por ex funcionarios franquistas, como lo es el PP, semejante amago contra Puigdemont resulta ilustrativo de la fobia irracional y furiosa que el proceso independentista catalán suscita en el bando españolista y de las corrientes cavernarias que predominan en una institucionalidad acosada por la perspectiva cercana de una secesión y, en consecuencia, de su propio derrumbe, y no sólo por la fragmentación territorial sino porque si Cataluña se va, la Constitución de 1978 sólo servirá para exhibirla en un museo. Desde luego, la exhibición de semejantes estilos por parte de Rajoy, Pedro Sánchez –máximo jefe del Partido Socialista Obrero Español–, Felipe de Borbón y otros prominentes partidarios de la unión de España a toda costa, no puede sino acelerar y fortalecer el momento de la independencia catalana.

En la circunstancia actual ha perdido toda significación el debate historicista de si Cataluña puede considerarse o no un territorio conquistado. Independientemente de qué bando los esgrima, el Corpus de Sangre, el asesinato del conde de Santa Coloma, los Decretos de Nueva Planta y el complot de Prats de Molló resultan irrelevantes para considerar la cuestión de una sociedad que, en octubre de 2017, y de acuerdo con los sondeos de opinión, es mayoritariamente partidaria de irse del Estado español. En cambio, a la vista de esos sondeos, la infinita torpeza de Madrid al enviar a sus cuerpos represivos a golpear a los ciudadanos catalanes que votaban en paz da pie para empezar a hablar de fuerzas de ocupación, por más que Cataluña no haya sido nunca, propiamente, una colonia.


Salvando las diferencias de tiempo, lugar e historia, desde cualquier república americana la causa catalana ante lo que sigue siendo el reino genera simpatía social mayoritaria. Aquí las princesas, príncipes y reyes son historias propias de Disneylandia o, a lo sumo, un asunto de la ostentosa pornografía sentimental de revistas especializadas en el género y el hábito de la República es cosa asimilada. Pero, lo más importante –y salvando, como queda dicho, las diferencias de historia, lugar y tiempo–, independizarse de España es una aventura nacional que valió sobradamente la pena, así se haya debido pagar por ella un precio altísimo de sufrimiento, destrucción y muerte.

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Ilustración: www.publico.es

15.9.17

15 de Septiembre


Vivan los muros que no se derrumban, los ladrillos que resisten, el adobe que sobrevive, los cimientos que no se cuartean, los tejados que no se rinden al viento, los vientos que perdonan, los ríos que no ahogan a los habitantes de sus riberas.

Vivan los caminos libres que no son trampas mortales, los puentes honestos y firmes, los aeropuertos construidos por nuestros abuelos, los leñadores que utilizan el hacha con piedad y prudencia, los guardabosques que aprendieron a serlo desde niños, los sembradores fieles a sus semillas de siempre.

Vivan las tierras sin dueño, las selvas indómitas, las mesetas irreductibles, los pueblos que preservan sus mesetas. Viva la defensa del territorio, del agua y de la vida.

Vivan las mujeres que entierran el ombligo de sus hijos. Vivan los hijos expulsados de su patria que salen a enfrentarse a la intemperie del mundo. Vivan los mexicanos que habitan en el extranjero y vivan los extranjeros que nos habitan.

Vivan las mujeres que dan agua al sediento, ropa al desnudo, hogar al huérfano, calor al que tirita de frío.

Vivan los que se salvan del incendio, de la inundación, del terremoto, y acuden en auxilio de los heridos, a reconfortar a los damnificados, a enterrar a los muertos.

Vivan las poblaciones que se levantan de sus escombros, los pueblos empeñosos que se reconstruyen, los ciudadanos abandonados por el gobierno, los barrios marginados, los hogares depauperados por la voracidad del gobernante, los trabajadores exprimidos por la empresa, los profesionistas expoliados por Hacienda, los desempleados, los despedidos, los viejos sin pensión, las chavas y los chavos a quienes les roban el futuro.

Viva el magisterio democrático. Vivan los pueblos wixáricas que defienen Wirikuta, los yaquis que rechazan acueductos y oleoductos. Viva Temacapulín, viva San Bartolo Ameyalco, viva San Salvador Atenco. Viva la Sierra Norte por la vida. Viva el Totonacapan libre de fracking.

Vivan los que luchan por el bienestar de los demás y no por cargos, fama ni fortuna.

Vivan las cooperativas y las escuelas normales. Vivan los ejidos. Vivan las vecindades. Vivan las familias de todos los estilos y maneras.

Vivan los servidores públicos que rescatan a las personas y no a los bancos. Vivan los que denuncian. Vivan quienes documentan las raterías y las atrocidades. Vivan los militantes que no desmayan. Vivan los activistas que se arriesgan. Vivan los tercos que siguen impulsando la transformación nacional. Vivan los constructores de horizontes.

Vivan las niñas y los niños, dueños del futuro. Vivan las chavas y los chavos, artífices del presente. Vivan las abuelas y los abuelos, custodios de la memoria.

Vivan los muertos de la violencia gubernamental. Vivan los niños asesinados en la Guardería ABC. Vivan las víctimas de feminicidio, de homofobia y de transfobia. Vivan los caídos en Iguala, en Asunción Nochixtlán, en Ixmiquilpan y en Arantepacua. Vivan Regina Martínez, Rubén Espinosa, Miroslava Breach, Javier Valdez y demás periodistas asesinados en México por contar la verdad. Vivan Isidro Baldenegro, Juan Ontiveros, y demás ambientalistas campesinos asesinados por defender la tierra de todos. Vivan los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.

Vivan la esperanza y el sentido del deber. Vivan la honestidad y la congruencia. Viva la unidad del pueblo de México.

Viva Cuauhtémoc. Viva Gonzalo Guerrero. Viva Bartolomé de las Casas. Viva Francisco Tenamaztle. Viva Jacinto Canek. Viva Vasco de Quiroga. Viva Gaspar Yanga. Viva Gabriel Teporaca. Viva fray Servando Teresa de Mier. Viva Francisco Primo de Verdad. Viva Miguel Hidalgo. Viva Josefa Ortiz de Domínguez. Viva Juan José de los Reyes Amaro. Viva Manuela Herrera. Viva José María Morelos. Viva Leona Vicario. Viva Epigmenio González. Viva Mariana Rodríguez del Toro. Viva Francisco Xavier Mina. Viva Gertrudis Bocanegra. Viva María Fermina Rivera. Viva Narciso Mendoza. Viva María Tomasa Estévez. Viva Vicente Guerrero. Viva Catalina González, “La Generala”. Viva el Batallón de San Patricio. Viva Benito Juárez. Viva Guillermo Prieto. Viva Ignacio Zaragoza. Viva José Santos Degollado. Viva Melchor Ocampo. Viva Mariano Escobedo. Viva Vicente Riva Palacio. Viva Ignacio Manuel Altamirano. Vivan Ricardo y Enrique Flores Magón. Viva Elvia Carrillo Puerto. Viva Juana Belén. Viva Emiliano Zapata. Viva María Arias Bernal. Viva Aquiles Serdán. Viva Hermila Galindo. Viva Belisario Domínguez. Viva Margarita Ortega. Viva Francisco Villa. Viva Dolores Jiménez y Muro. Viva Elisa Acuña. Viva Antonio Díaz Soto y Gama. Viva María Talavera. Viva Elisa Griensen. Viva Felipe Carrillo Puerto. Viva Lázaro Cárdenas. Viva Francisco J. Múgica. Viva Heriberto Jara. Viva Rubén Jaramillo. Viva Benita Galeana. Viva Valentín Campa. Viva Lucio Cabañas. Viva Demetrio Vallejo. Viva Genaro Vázquez. Viva Dení Prieto. Viva José Revueltas. Viva Sergio Méndez Arceo. Viva Heberto Castillo. Viva Josefina Reyes. Viva Carlos Monsiváis. Viva Bety Cariño. Viva Marisela Escobedo. Viva Samuel Ruiz. Viva Rogelio Naranjo. Viva Martha Pérez Bejarano. Viva Juan Bañuelos. Viva Miriam Elizabeth Rodríguez. Viva Felipe Ehrenberg. Viva Eduardo Catarino Dircio. Viva Eva Castañeda Cortés. Viva Meztli Sarabia. Viva Arturo García Bustos. Viva Ramón Xirau. Viva Rius.

Viva México.
Viva México.
Viva México.

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Foto: Diana Manzo

13.9.17

Carta abierta a
Ricardo Monreal

Apreciado Ricardo:

Ya párale.

Nadie te condenó a muerte (ni siquiera a la muerte política) ni te ofendió ni te faltó al respeto ni dejó de tomarte en cuenta. Simplemente no obtuviste una candidatura. No es para tanto. Hay vida (política y de la otra) más allá de las jefaturas de gobierno.

¿Te eligen? Bien, pues a fajarse con la responsabilidad. ¿No te eligen? no importa: perteneces a una organización en la que confías y otro compañero hará el trabajo y estarás bien representado. Hay muchísimas otras tareas en las que resultas necesario y puedes desempeñar con gran eficiencia y experiencia. Bueno, yo así pienso.

Y pienso también que estás quedando como un niño berrinchudo, como un ególatra y como un ambicioso. Estás haciéndote a ti mismo un daño infinitamente mayor que el que le haces a Morena y a la causa de López Obrador. Estás despedazando tu prestigio y tu autoridad moral. Te expones al menosprecio de quienes han sido nuestros adversarios desde hace mucho tiempo. No digo que no se apresten a sacarte el jugo pero harán precisamente eso: utilizarte; nada más.

Me parece que sería lamentabilísimo que recorrieras hasta el final la ruta que empezaste a andar tras la selección de la candidatura para el GDF; sería una pérdida para el proyecto de transformación del país y para ti mismo, y una ganancia magra y circunstancial para quienes se empeñan en mantener al país en su rumbo actual al abismo.

Una rectificación de tu parte, en cambio, sería un acto de grandeza que miles de compañeros en Morena recibiríamos con empatía y con admiración.

Casi no nos conocemos y no hemos tenido más que una o dos ocasiones para platicar. Te cuento ahora: no me gusta tu estilo de hacer política pero por encima de asuntos estilísticos, que no son muy sustanciales, te considero un dirigente y un compañero que durante muchos años ha ostentado una militancia leal, honesta y tremendamente eficaz, y pienso también que eres un político y un funcionario hábil y muy inteligente.

Penúltimo: escribo exclusivamente por mí y firma mi conciencia. Y, claro, dudo mucho que lo expuesto en esta misiva tenga alguna incidencia en tus decisiones, pero me siento obligado a expresarte con franqueza mi sentir.

Y antes, en todo caso, de que nos encontremos en trincheras confrontadas, te mando un abrazo.

Pedro Miguel
México, D.F., 13 de septiembre de 2017.-

12.9.17

Contrastes



Izquierda: maestros de la CNTE reparten ayuda. Derecha: Peña promete ayuda.

Empresarios, publicistas y caricaturistas, entre otros voceros extraoficiales del régimen y la derecha, divulgaron el domingo 10 un texto que dice (transcripción literal) esto: “¿Y donde están los valientes y heroicos maestros de la CNTE sección 22? ¿Levantando escombros? ¿Alimentando a los damnificados? ¿Reconstruyendo la ciudad? Ah, no! Eso lo están haciendo los asesinos y represores soldados del maldito ejército Mexicano…”

Lo cierto es que durante el fin de semana pasado, de ocho de la mañana a ocho de la noche, estuvo llegando gente al centro de acopio instalado por la Sección XXII de la CNTE en avenida Coyoacán 939, entre Ángel Urraza y Matías Romero. Peatones con un pequeño bulto de latas de atún, señores que llenaron con cobijas la cajuela de un taxi, señoras con sus camionetotas repletas de comida y medicinas, chavos preparatorianos con unas bolsitas de frijol y de arroz, familias que apartaron unas horas de su domingo para acarrear bolsas del súper.

Desde el viernes por la mañana los 82 mil maestros democráticos de Oaxaca fueron convocados por su dirigencia a movilizarse para atender a la población damnificada por el terremoto de la noche anterior, clasificar, empacar, transportar y distribuir la ayuda recolectada y coordinar brigadas de médicos voluntarios para dar asistencia a heridos y enfermos. Fue el segundo esfuerzo del que tuve noticia para organizar el auxilio a los afectados. El primero fue el de un restaurante de comida oaxaqueña por el rumbo de Santa María la Ribera, el Comixcal. Luego supe que la UNAM y el IPN estaban participando en la tarea. La primera recogió 30 toneladas de ayuda en tres días. El Poli convocó a formar brigadas médicas. En el curso del viernes y del sábado, ciudadanos y organizaciones académicas, sociales y empresariales se sumaron al esfuerzo y empezaron a focalizarlo a los puntos en los que no se había recibido nada de asistencia oficial –decenas de municipios– como Unión Hidalgo, Asunción Ixtaltepec, Santiago Niltepec, Santa María Xadani, los pueblos ikoots de San Mateo, San Dionisio, Santa María y San Francisco del Mar. Está en curso una acción para enviar alimentos, medicinas y objetos de limpieza para la organización LGBTTTI Gunaxhii Guendanabanii AC. Los migrantes centroamericanos del albergue Hermanos en el camino empuñaron picos y palas para contribuir en el trabajo de remover escombros. Una caravana de Ayotiznapa llegó a Chiapas. El viernes por la mañana, los asambleístas de Morena y otras instancias y comités de ese partido convirtieron sus oficinas en la capital en puntos de recepción de ayuda para los damnificados.

Ese mismo día, por la tarde, Peña Nieto y el gobernador Alejandro Murat se dieron una vuelta por la destruida Juchitán. El segundo dijo a los pobladores que no están solos y a continuación los dejó solos todo el fin de semana. Apenas ayer, lunes, en compañía de Miguel Ángel Osorio Chong, Murat instaló una comisión para evaluar los daños y levantar un censo de casas y edificaciones afectadas para bajar recursos del Fondo de Desastres Naturales. Ah, y la Presidencia decretó desde el viernes luto nacional y activó el Plan DN-III; los testimonios procedentes del Istmo de Tehuantepec afirman que se ha visto a los soldados y marinos patrullando las calles, acordonando sitios peligrosos y entregando bolsas de agua. El presidente del PRI, Enrique Ochoa Reza, anunció en un tuit que ese instituto político abriría un centro de acopio de víveres y cientos de tuiteros le preguntaron que si estaba armando con tanta anticipación las despensas para conseguir votos en 2018 o si se disponía a financiarse otra flotilla de taxis.

La sociedad organizó desde el viernes la asistencia a las localidades chiapanecas más golpeadas por el terremoto –Arriaga, Tonalá, Pijijiapan, Tuxtla, SCLC, entre otras– pero no fue sino hasta ayer que Peña se acordó de la existencia de Chiapas y viajó a esa entidad a decir alguna cosa.

En Veracruz hay regiones afectadas por el paso de Katia de las que no se tiene ni información. Por ejemplo, en Ixhuatlán del Café y otras localidades de las altas montañas (entre Xalapa y Córdoba) hubo inundaciones de metro y medio a causa de las lluvias. En Coatzacoalcos, donde hay áreas urbanas golpeadas por el sismo, un director local de la Comisión de Agua del Estado mandó a repartir despensas con el logotipo de Yúnete, un membrete utilizado por el gobernador Miguel Ángel Yunes Linares durante su campaña electoral. Cuando los testimonios gráficos de esa indecencia inundaron los medios y las redes sociales, Yunes se deslindó de su funcionario.

Cómo no acordarse del contraste entre sociedad y régimen que se puso de manifiesto en el terremoto del 19 de septiembre de 1985.

2.8.17

¿Qué pasa en Venezuela?


Desde la capital mexicana no es fácil comprender lo que ocurre en Caracas. Entre una y otra ciudades hay casi tres mil 600 kilómetros, siete horas y media de vuelo y un muro espeso y doble de desinformación: de un lado, Nicolás Maduro es la reencarnación de Simón Bolívar con escala en Hugo Chávez y del otro, la bestia apocalíptica; de un lado, el pueblo en masa defiende a su gobierno de unos terroristas apoyados por Washington y del otro, una sociedad sedienta de libertad y democracia se rebela en contra de una tiranía corrupta. Cuando un o está fuera de Venezuela es complicado, pues, hacerse un panorama claro de lo que pasa adentro. Salvo que resulta evidente el cerco estadunidense (auxiliado por algunos gobiernos sumisos) en torno al régimen bolivariano.

Lo que sí puede saberse es que Vicente Fox llegó a Los Pinos como resultado del tesón democrático de la sociedad y que salió de allí como el destructor de la democracia, tras organizar una elección de Estado y orquestar un fraude electoral para burlar la voluntad popular e impedir que López Obrador lo sucediera en el cargo; que durante su mandato desapareció sin dejar rastro más de un billón de pesos procedente de los ingresos extraordinarios por los sobreprecios petroleros; que entre 2001 y 2006 permitió y hasta alentó la brutalidad represiva de gobernadores priístas como Ulises Ruiz (Oaxaca) y Enrique Peña (Edomex), y que sus hijastros hicieron pingües negocios a la sombra del Fobaproa.

Habría que imbuirse en múltiples lecturas para determinar quién ha violentado más el marco legal venezolano: si los opositores, con su pretensión de derrocar a un presidente democráticamente electo, o si el gobierno, con su empeño de fabricarse una constitución a la medida. Pero basta con tener presente la carta magna mexicana para saber que Felipe Calderón violentó la tarea constitucional de las Fuerzas Armadas al lanzarlas a una guerra estúpida, contraproducente según sus objetivos declarados y criminal porque conllevaba, desde sus primeros cálculos, la certeza de un sufrimiento atroz para la población civil no involucrada; y sólo con consultar el artículo 123 del Código Penal Federal uno se da cuenta de que el michoacano incurrió en traición a la patria al apoyarse en la embajada estadunidense para alcanzar la Presidencia, al entregar a Washington decisiones e información que eran de la exclusiva jurisdicción de las instituciones mexicanas y al permitir que personal militar y policial de la potencia vecina operara libremente en territorio nacional. Tampoco está claro, por cierto, qué hizo Calderón con los 250 mil millones de dólares que recibió su administración por concepto de exportaciones petroleras.

Un ciudadano mexicano común no tiene a su disposición los datos y los elementos de juicio necesarios para determinar si los funcionarios del régimen venezolano que fueron objeto de las sanciones decretadas por la Casa Blanca –a las que se cuadró de inmediato la cancillería mexicana– realmente son culpables de actos de corrupción y de lavado de dinero. En cambio, es público y probado que Enrique Peña Nieto y su esposa disfrutaron de una mansión que les fue cedida en condiciones sospechosamente favorables por uno de los principales contratistas del gobierno y hay sustento documental para saber que la casa que Luis Videgaray posee en Malinalco le fue vendida por ese mismo contratista en unos términos tan ventajosos que ninguna empresa inmobiliaria concedería a ningún cliente. A lo que puede verse, Grupo Higa decidió hacer una generosísima excepción con Videgaray, el secretario de Relaciones Exteriores que se pliega con entusiasmo al castigo de Washington en contra de venezolanos supuestamente corruptos.

De abril a la fecha han muerto en Venezuela más de un centenar de personas en el marco de las violentas confrontaciones entre las fuerzas del orden y manifestantes opositores no siempre pacíficos. Habría que hacer un acucioso recuento de cuántas de las bajas pertenecen a la disidencia antichavista, cuántas, a efectivos de las fuerzas del orden, cuántas, a militantes del oficialismo y cuántas más, a personas sin filiación que fueron confundidas o que resultaron abatidas por accidente. Pero ninguna fuente oficial o independiente coloca la cifra de muertos del calderonato por debajo de los 60 mil, un número que ya ha sido superado en la administración de Peña; miles de ellos eran ciudadanos sin relación con la delincuencia organizada. Dos datos adicionales: la CNDH documentó el asesinato de 63 defensores de Derechos Humanos en el sexenio de Calderón y la ejecución extrajudicial de 45 periodistas en lo que va del peñato.

Como puede verse, desde México no es fácil comprender lo que ocurre en Venezuela.

19.7.17

“Por el mal rato”


El colapso de unos metros cuadrados de pavimento no es un suceso exepcional en el asfaltado mundo contemporáneo. Deslaves y reacomodos del terreno y suelos casi siempre dinámicos provocan la aparición de hoyos de todos los tamaños en muchos países y latitudes, y a veces esas depresiones súbitas se tragan casas, automóviles y gente. Lo extraordinario en el caso del socavón del Paso Exprés, con su saldo de dos muertos, varios vehículos destruidos y decenas de miles de afectados por el obligado cierre de esa peligrosísima vía rápida, es que hizo inocultable la pudrición del modelo de negocios del grupo que detenta el gobierno.

Es cierto que las relaciones corruptas entre la facción peñista y diversas firmas constructoras del país y del extranjero han sido abundantemente documentadas por investigaciones periodísticas –como la que sacó a la luz la Casa Blanca del propio Peña–, conversaciones telefónicas filtradas a los medios en el contexto del golpeteo interno entre grupos priístas y documentos que han sido públicos desde siempre en los que se puede observar la manera desaseada en que suelen resolverse las licitaciones y otorgarse los contratos. El desaseo pudo observarse también cuando la SCT tuvo que cancelar el cuestionado contrato de construcción del trén rápido México-Querétaro, entregado a un consorcio encabezado por una empresa china y en el que participaba Grupo Higa, vendedor deficitario de mansiones a Peña, Videgaray y otros, y beneficiario de concesiones en el Estado de México y en el gobierno federal. Más tarde se sabría de los enjuagues entre OHL, el consorcio español abrumado en su país de origen por los señalamientos de corrupción, y altos funcionarios del peñato, con Ruiz Esparza a la cabeza.

En el caso del Paso Exprés de Cuernavaca, el contrato fue impugnado de origen (2014) por la falta de calificación de las empresas Construcciones Aldesa (española, implicada en “donaciones” ilegales al Partido Popular) y Epccor (vinculada a Juan Diego Gutiérrez Cortina, cuya empresa Gutsa fue inhabilitada por la Secretaría de la Función Pública en 2011 por incumplimiento de proyectos), porque era tan vago que ni siquiera especificaba el número de carriles que habría de tener la obra y resultaba imposible, en consecuencia, determinar de antemano su costo y el tiempo de su ejecución. Hubo un costo adicional a los más de dos mil millones de pesos que terminó costando el Paso Exprés: varias compañías más fueron contratadas para “verificar la calidad de los trabajos” y recibieron, por ello, decenas de millones de pesos. La corrupción en todo su esplendor.

Durante la construcción proliferaron los accidentes mortales por la falta de medidas de seguridad y señalización, así como severas afectaciones a diversas colonias (inundaciones de casas, por ejemplo) y varias organizaciones vecinales y de comerciantes de Cuernavaca enviaron denuncias dirigidas al propio Peña Nieto, a Ruiz Esparza y al gobernador Graco Ramírez, pero ninguno de ellos hizo mucho ni poco para remediar la situación. Las inconformidades La obra, que habría debido quedar concluida a fines del año pasado, fue finalmente “inaugurada” por esos tres funcionarios con un gran despliegue de publicidad, mentiras y autoelogios, pero incompleta y entre protestas de los habitantes.

Cuando la vialidad ya estaba en funciones, las fallas continuaron, al igual que las advertencias, especialmente en lo relacionado con fallas en el sistema de drenaje de la obra. Semanas antes de la tragedia del 12 de julio, un funcionario de Chipitlán, población aledaña al Paso Exprés, hizo llegar a la SCT fotos de un socavón que se había abierto a un lado de la vía.

Luego pasó lo que pasó. Los gobiernos de Cuernavaca y de Morelos se tardaron horas en acudir al rescate de las dos víctimas atrapadas en el socavón, el gobierno federal le echó la culpa a la lluvia y a la basura y Ruiz Esparza acabó presumiendo las indemnizaciones otorgadas a los deudos (las cuales ni siquiera han sido aceptadas) por el “mal rato”.

El hoyo del Paso Exprés no es la peor tragedia de cuantas han tenido lugar en el país pero sí representa un retrato ineludible del modus operandi de una corrupción que cuesta vidas. Por eso es tan lacerante.

Y por eso el régimen tiene que aplicar medidas drásticas.

* * *

Y fue Fox a Venezuela no como observador, sino en una misión de abierta injerencia. Lo echaron.

Como era actor de reparto
de “El Imperio contraataca”,
al Arauca vibrador
volaba la Chachalaca.
En menos que canta un gallo
la declararon non grata.
Ya regresó a San Cristóbal
con la cola entre las patas
y nadie quiso ayudarle
a cargar con su petaca.

16.7.17

De cómo Dios se
chingó al Diablo




EL DIABLO: ¿No me amas? ¿Ni siquiera un poquito?
DIOS: Ni un poquito chiquito. ¿Cómo voy a amar a la personificación del Mal?
EL DIABLO: Bueno, porque se supone que Tu amor es infinito. Algo tendría que tocarme incluso a mí. Entonces no eres tan amoroso. Ni tan bondadoso, por ende.
DIOS: Híjole, tienes razón. Creo que debo revisar eso.
EL DIABLO: Ah, ya ves.
DIOS: Pues te agradezco la observación porque Me ayuda a superarme. Me has hecho un favor. ¿Ves cómo en el fondo no eres tan mala persona?

... y de cómo el Diablo se vengó de Dios

DIOS: Hola, amadísima entidad. ¿Cómo va tu conversión al bien?
EL DIABLO: Pues no tan bien como Tu conversión al mal.
DIOS: Eh, eh, a ver cómo está eso.
EL DIABLO: Pues el otro día me dijiste que no era yo tan malo. O sea que descalificaste mi misma esencia de maldad. Pretendiste humillarme, haciéndome sentir como un Diablo bueno, e hiciste de esa manera escarnio de mi persona. Negaste mi derecho a la diferencia y fuiste insensible a la pluralidad. ¿Ves cómo en el fondo eres un ojete?

6.7.17

Gracias a la CFE


Tres años ya. En julio de 2014 instalé en la casa un sistema fotovoltaico de generación de energía y bajé para siempre la palanca de conexión a la red pública. Fue, como lo relaté aquí mismo, la salida de una pesadilla que empezó en octubre de 2009, cuando el calderonato asestó la puñalada definitiva a Luz y Fuerza del Centro y orilló a los trabajadores de la empresa y a miles de usuarios a una resistencia desgastante y agotadora. En mi caso, la primera factura emitida por la Comisión Federal de Electricidad fue una declaración de guerra: un incremento de 100 por ciento con respecto al monto de la anterior. La solidaridad debida al SME y el intento de atraco a mi bolsillo no me dejaron más remedio que ir a la confrontación, primero con un recurso de inconformidad ante Profeco y luego, cuando la nueva proveedora de energía me suspendió el servicio de manera ilegal, en la forma de un duelo de desconexiones y reconexiones que duró más de cuatro años. De manera paciente y generosa, las víctimas del atropello laboral me devolvieron la solidaridad enganchándome al poste en cuanto las cuadrillas de pobres subcontratados por la CFE se alejaban cien metros. En ese lapso investigué modalidades alternativas de generación de electricidad, experimenté con unos páneles solares casi de juguete conectados a un acumulador de automóvil y para mayo de 2014 ya estaba dispuesto a producir mi propia electricidad con celdas fotovoltaicas.

El cálculo de las dimensiones del sistema me resultó extremadamente difícil porque por entonces no tenía la menor idea de electricidad ni era capaz de diferenciar entre un voltio, un watt y un amperio. Tras desechar algunas propuestas leoninas de algunas empresas dedicadas a ese rubro, hice contacto con un equipo de ex trabajadores de LyFC que estaban dispuestos a llevar a cabo la instalación, encontré en Mercado Libre a un proveedor que podía enviarme desde Tijuana los elementos requeridos y me lancé a la aventura. Como lo narré hace tres años, “fueron días, noches, semanas y meses de dudas, incertidumbres, incomodidades, gastos de más, cálculos de menos y travesías por las tierras áridas de la ignorancia”. La instalación empezó a funcionar a principios de julio y para septiembre ya estaba totalmente estabilizada y la casa funcionó como lo había hecho siempre. Ah, y las facturas de la CFE siguieron llegando con los mismos montos que cuando estaba conectado a la red pública.

Dejo constancia de mi agradecimiento a Jonathan Garduño, el hombre que me vendió los equipos y que fue mi guía a distancia y mi paño de lágrimas en las inciertas semanas que siguieron a la instalación inicial, y a Romualdo Rivera y su familia, que se hicieron cargo de subir páneles, soldar estructuras, atornillar, conectar, probar y modificar.

El generar la propia energía, el no preocuparse más por variaciones de voltaje ni por apagones y el ahorrarle cada año al planeta una contaminación equivalente a unos miles de litros de diesel quemado, producen un estado de serenidad difícil de explicar; al mismo tiempo, inducen una consciencia particular sobre las necesidades y los derroches de electricidad y contribuyen a una reorientación de las actividades hacia lo diurno, no porque uno vaya a quedarse a oscuras en la noche sino porque mientras menores sean las descargas a las que se somete el banco de baterías, mayor será su vida útil. El único aspecto frustrante de la experiencia fue mi incapacidad para socializarla. Aunque invité a visitar la instalación a una buena cantidad de gente –calculo que un centenar de personas–, sólo en un caso alguien se animó a replicar mi experiencia. Como evangelista de la energía solar resulté un fiasco.

La situación cambió en diciembre pasado. En una visita a la red de cooperativas Tosepan, en Cuetzalan, y en el marco del movimiento en defensa del territorio que se desarrolla en la zona de la Sierra Norte de Puebla para resistir los proyectos de muerte (explotaciones mineras a cielo abierto, instalaciones de alta tensión, hidroeléctricas y otros megaproyectos), empezamos a concebir la vía de la soberanía energética para las comunidades de la región. Los compas que viven allá comprendieron al instante la trascendencia de esta idea y en enero ya estábamos instalando un pequeño generador solar en el campamento que la Asamblea en Defensa de la Tierra instaló frente a un predio en el que la CFE pretende construir una subestación, y en junio pasado se inició la instalación de un sistema de páneles en Tosepan Kali, el hotel ecológico de la Tosepan en Cuetzalan.

La red de cooperativas ha sido el protagonista y el motor principal del proyecto. No menciono por sus nombres a los directivos y asesores de la Tosepan que entendieron desde el primer instante la importancia de la propuesta y la asumieron como propia porque no estoy seguro de que quieran ser mencionados. Si leen esto, queridas y queridos compas, sabrán que me refiero a ustedes, así que va mi admiración, afecto y agradecimiento. Jonathan, a quien me vincula un hondo compañerismo desde que me ayudó a instalar los fierros que él mismo me había vendido, se ha entregado al proyecto con una energía y una generosidad invaluables. En el camino nos pusimos en contacto con Abelardo González Quijano, un empresario e industrial cuyo centro de operaciones se encuentra en la ciudad de Puebla y que posee una vasta experiencia en energía solar y otros rubros, así como una excepcional visión de conjunto del panorama energético del país y una lucidez combativa sobre la urgencia de emprender una transformación nacional en este ámbito. Abelardo hizo suya la causa y le dio una dimensión y una extensión que no nos habríamos atrevido a imaginar. Entre todos hemos ido entendiendo que la revolución energética es posible y necesaria, que no se trata de un mero cambio tecnológico sino de una apuesta por la organización social y la educación, y que no irá de las ciudades al agro sino al revés: será el campo la punta de lanza de la transformación.

Ayer hice un mantenimiento mayor a mi banco de baterías. En tres años ni éstas ni los páneles solares han reducido su rendimiento en forma perceptible (para mi sorpresa) y hace unos meses, aunque funcionaba correctamente, cambié el controlador de carga original, un fierro gringo de precioso diseño, muy caro, ultrasofisticado, hípster a más no poder y mamoncísimo, por un clon hecho en China que cuesta la quinta parte y hace lo mismo, pero mejor. El único sobresalto que he tenido en este tiempo fue cuando el Popo vomitó una lluvia de ceniza y los páneles quedaron cubiertos por una capa de polvo, lo que redujo notablemente su funcionamiento. Bastó con limpiarlos y volvieron a trabajar con normalidad.

El 4 de julio de 2014, les decía, publiqué una columna en la que relataba mi adiós cargado de rencor a la empresa eléctrica “de clase mundial”. A la distancia veo que debo trocar el rencor por la gratitud, porque de no ser por ese brutal y corrupto golpe de mano con que el calderonato acabó con LyFC y nos arrojó en las garras de la CFE, y sin los abusos y atropellos cometidos por ésta, no andaría metido en estas aventuras.

4.7.17

La razón de La Jornada


Formalmente, Desarrollo de Medios, la razón social que edita
La Jornada, es una sociedad anónima de capital variable. Hace más de tres décadas, cuando se planeaba el lanzamiento de este diario, se decidió recurrir a esa figura, con un acta constitutiva y unos estatutos singulares, como una forma de garantizar la vida democrática en el proyecto informativo e impedir que intereses externos intervinieran en su línea editorial. Aún estaban frescas (1984) las amargas experiencias de Excélsior, cuya cooperativa fue infiltrada por el régimen de Echeverría para dar un golpe de mano al modelo de periodismo crítico que encabezaba Julio Scherer, y del unomásuno, en el que la concentración accionaria en manos del director general desvirtuó los lineamientos iniciales de ese periódico.

Con esos antecedentes, los fundadores de La Jornada idearon un sistema en el que el grueso del capital estuviera disperso en miles de pequeños accionistas sin voz ni voto en las asambleas (accionistas preferentes) y en el que el control efectivo quedara en manos del núcleo de periodistas y colaboradores originales (comunes, unos 160), ninguno de los cuales podría poseer más de un paquete accionario. Así pues, este diario pertenece a miles de personas y a nadie en particular, y en las más de tres décadas transcurridas desde su nacimiento tal sistema de candados ha permitido que el grupo fundador –que ha tenido bajas por salida voluntaria o por fallecimiento, así como nuevas incorporaciones, incluso de trabajadores sindicalizados– mantenga la línea editorial primigenia y que ningún consejo de administración pueda imponerse a las decisiones periodísticas.

Se quería un periódico que diera información y análisis a una sociedad que estaba sedienta de ambas cosas; se pretendía, ya por entonces visibilizar (aunque tal expresión aún no existiera, o no se hubiera puesto de moda) a los actores sociales que no aparecían en el panorama informativo habitual (movimientos sindicales, agrarios, sociales y políticos, procesos artísticos, intelectuales y académicos, entre otros); se buscaba, además, establecer una fuente de trabajo digno para todos los que participaban en la producción del periódico. Lo que a nadie se le pasó por la cabeza fue el negocio como objetivo: La Jornada siempre ha tratado, no siempre con éxito, de hacer dinero para informar, pero no ha buscado informar para hacer dinero.

Por ello, la empresa editora no ha repartido nunca utilidades a ningún accionista. Las ganancias, cuando las ha habido, se han invertido en la adquisición de activos y, sobre todo, en el mejoramiento de las condiciones salariales y laborales. Ello explica el hecho de que se haya conformado en este periódico un contrato colectivo que probablemente no tenga igual en el país en lo que se refiere a beneficios para los trabajadores.

De unos años a la fecha, sin embargo, la crisis financiera por la que atraviesan los medios informativos tradicionales (particularmente, los impresos) en México y en el mundo, se haya hecho sentir en La Jornada. A ello se sumaron dificultades de cobranza que en el contexto de estancamiento económico nacional no son exclusivas de este diario. Para encajar esas tendencias, la administración del periódico fue realizando año tras año ajustes y reducciones en distintos rubros y sacrificando incluso sus perspectivas de crecimiento, con el fin de mantener intactos los salarios, mantener en un mínimo las reducciones a las prestaciones del personal y evitar un despido masivo. De esa forma, la nómina y los pagos de personal fueron consumiendo una porción cada vez mayor de los ingresos, hasta que se llegó a un punto en el que ocuparon más de 90 por ciento, y eso colocaba a Demos y a La Jornada en la perspectiva de una rápida bancarrota. Se hizo necesario, entonces, apelar a la comprensión de los trabajadores sindicalizados para eliminar casi todas las prestaciones que no estuvieran previstas en la Ley Federal del Trabajo.

Ante el conato de huelga (en menos de 72 horas fue declarada inexistente e ilegal) emprendido el 30 de junio por la dirigencia y un sector del sindicato Independiente de Trabajadores de La Jornada, algunos han querido ver, por desconocimiento o por mala fe, un conflicto entre el capital y el trabajo; otros han inventado que hay en La Jornada directivos privilegiados que, con tal de mantener condiciones de vida supuestamente principescas, decidieron sacrificar a los trabajadores, y no ha faltado quien llame “esquiroles” a quienes nos mantenemos fieles a los principios y propósitos que hace casi 33 años dieron vida a este periódico. Pero, sobre todo, ha habido una oleada de expresiones de simpatía y solidaridad que ameritan, además de agradecimiento, el compromiso de mantener viva a La Jornada.

27.6.17

País devaluado



Hace unos días, en la inauguración de un parque industrial en Lagos de Moreno, Jalisco, Enrique Peña Nieto se jactaba de los éxitos del modelo maquilador impuesto al país a partir del salinato. En ese acto, en el que amenazó a las víctimas del espionaje gubernamental con “aplicarles la ley” por haber presentado “falsos señalamientos” –un amago grotesco del que se retractó como pudo unas horas después–, dijo, con su sintaxis característica, que “México se proyecta ante el mundo como un destino confiable, preparado, capacitado, con infraestructura que haga posible que siga llegando más inversión que detone empleos”. Y abundó: “las condiciones del país, la infraestructura que hemos desarrollado, las reformas estructurales (…) han permitido que lleguen esas inversiones”, las cuales se han traducido en una generación de empleos como no la había habido “nunca en la historia”, “gracias a los empresarios, a los emprendedores que tienen puesta su confianza en México”.

El crecimiento de las ensambladoras automotrices en el país en décadas recientes es característico de ese “desarrollo” y de esa “generación de empleos” a los que hizo referencia el priísta. Sí, en estos años de neoliberalismo salvaje se han instalado diversas plantas de armado de automóviles en el centro y el norte del país y sí, con ello se han creado fuentes de trabajo. Pero ello no se debe a la “confianza en México” de las empresas extranjeras sino a que aquí tienen asegurado un abasto inagotable de mano de obra a precios irrisorios: de acuerdo con la nota de Patricia Muñoz Ríos publicada ayer en estas páginas, el ingreso de un obrero mexicano de la industria automotriz es, en promedio, 3.3 veces inferior que el de un coreano, 4.5 veces menor que el de un japonés y 7.6 veces más pequeño que el de un alemán. En contraste, “las armadoras en Estados Unidos tienen un costo laboral 4.8 veces más alto que en México y en Canadá es 4.7 veces mayor; incluso en Brasil es 2.4 veces más elevado”.

El dato retrata en toda su crudeza el proceso de devaluación de la fuerza de trabajo nacional que subyace en la inserción supeditada de la economía nacional en la globalidad y que, al interior del país, ha implicado una severa y sostenida ofensiva gubernamental en contra de todos los derechos de la población, empezando por la población asalariada. Como se cita en la nota de referencia, que reseña un análisis del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas) y la UAM, el correlato de esa mano de obra barata es “un perverso modelo sindical y contractual de absoluta simulación y de control de los trabajadores al servicio de las trasnacionales” por medio de sindicatos “subordinados a las empresas, corporativos o charros de la CTM”.

En cuanto a la infrastrucchur de que la presumía Peña Nieto en su discurso de Lagos de Moreno, es el filón del negocio que le toca al grupo gobernante y a sus operadores: otorgar terrenos y negociar exenciones fiscales, dar concesiones para autopistas y vías de comunicación a corporativos como Grupo Higa, OHL y Odebrecht, todo ello a cambio de “moches”, residencias, mordidas millonarias, cargos futuros en los consejos de administración.

La estrategia de atraer inversiones extranjeras con la oferta de carne humana barata y controlada se aplica, desde luego, a todo el modelo maquilador, a las agroindustrias y al sector de servicios. De la economía formal el proceso de devaluación de la gente se extiende al conjunto de la población y se articula, junto con la corrupción, en el incremento de la delincuencia y la violencia descontrolada que vive el país desde hace más de una década. En un entorno en el que la vida de millones no vale casi nada, el homicidio tiene una alta probabilidad de quedar impune, e incluso es dable utilizar las vidas humanas como insumo en los procesos de agregación de valor de mercancías como las drogas.

Si en la industria, el comercio y los servicios la devaluación de la población ha tenido como principales mecanismos las políticas de contención salarial y de destrucción de las organizaciones sindicales y gremiales, en el ámbito rural los instrumentos principales han sido la apertura comercial, la demolición de los sistemas de apoyo al campo, la otorgación de concesiones a explotaciones mineras, energéticas, carreteras y a otros proyectos de muerte que conllevan devastación ambiental y despojo a comunidades, ejidos y pueblos.

El saldo y la obra de los gobiernos neoliberales están a la vista de quien quiera verlos y pueden resumirse en tres expresiones: devaluar el trabajo, devaluar a la gente y devaluar la vida.

22.6.17

A la muerta


Tal vez me crucé contigo en una acera y no llamaste mi atención y seguí cabalgando sobre mi indiferencia, o acaso te admiré con una punzada de deseo y un reflejo de civilización represora me hizo desviar la mirada hacia otra parte, o bien me produjo curiosidad el libro que llevabas en las manos o un detalle de tu atuendo, o tal vez me generaste una leve aversión tan pasajera en ese camino como tú y como yo.

O no te divisé nunca (es lo más probable) ni tuve más noticia de tu existencia que tu parte proporcional en la cifra total de habitantes de la urbe, en la densidad del hacinamiento físico en un autobús o en el grado superlativo de un embotellamiento. En cualquiera de esos territorios, el de mi mirada, el de la fantasía, el de la indiferencia o el de los números, formabas parte de una existencia regular compartida con otros miles y millones de seres humanos.

Pero te mataron y bruscamente te hicieron transitar al territorio de lo monstruoso y lo sórdido, te quitaron (de golpe o lentamente) todo interés, toda preocupación, todo amor, todo recuerdo y toda sed de futuro. Ahorcada. Acuchillada. Torturada. Descuartizada. Disuelta en ácido. Semienterrada. Maniatada. Desnuda. Descompuesta. Te apartaron para siempre de tus padres, de tus hijos, de tu diario, de tus juguetes, de tu dinero, de tu ruta de vuelta a casa, de tus placeres y hasta del aire que respirabas. Ya no puedes comer ni dormir ni despertar ni trabajar ni pensar ni bailar ni peinarte ni salir con tus amigas.

Algo que ya no eres tú ha sido abandonado en un campo yermo, bajo un paso a desnivel o arrojado a la plancha forense como un producto al que deben aplicarse ciertos procedimientos antes de guardarlo o destruirlo para siempre, al marco de una foto en la que ya no vas a crecer ni a hacer muecas ni a pintarte las canas ni a preocuparte por las arrugas.

Acaso tu retrato empiece a viajar por parajes sórdidos, colgado de una pariente amorosa o sostenida por las manos de un desconocido; tal vez adorne los postes del alumbrado, el pecho de una manifestante que clama justicia, los tuits sin esperanza, los tableros de avisos de las agencias investigadoras. O puede ser que el azar le ahorre a tus familiares la agonía de años y los enfrente a la brutalidad de la noticia en caliente: Sí, es ella.

Y empezará a disolverse en el ácido de las lágrimas la carne de tu identidad: ya qué podrá importar que hayas sido maestra, bailarina, puberta, mesera, arquitecta, obrera, estudiante, secretaria, abuela; que hayas sido lectora o televidente, religiosa o atea, concupiscente o casta, flaca o gorda, morena o rubia. Te irás reduciendo con el paso de los años del cuerpo presente a los vestigios de ADN, de las fotos tamaño cartel a un nombre en una de tantas páginas de una averiguación judicial veraz o mentirosa, a un número en un tomo de registros estadísticos.

Es escalofriante que todo mundo se esmere en consolar a la madre (destrozada por tu muerte), al padre (al que le rompieron los sueños), a tu pareja (enfrentada al callejón espantoso de la viudez repentina) cuando la más inconsolable eres tú, que querías seguir viva y seguir siendo tú. Ni un abrazo ni una caricia en tu omóplato ni una lluvia de pétalos sobre tus cenizas lograrán distraerte de la nada.

Te hemos perdido. Te perdiste. Fuiste lanzada a una noche irremediable por una conjura evidente que muy pocas personas quieren ver. Pero ahí están, a la vista de todos, los mensajes de desprecio en carteles publicitarios, las descalificaciones a tu género, las burlas por tu aspecto físico, las determinaciones arbitrarias de tu vida y destino por parte de la familia y el Estado. Hay pláticas de sujetos que se jactan de mantener a toda costa su posesión y su dominio sobre otros seres humanos, y hay un discurso que es lo suficientemente hipócrita como para no admitir abiertamente que les brinda toda suerte de justificaciones. Hay toneladas de sentencias judiciales injustas y prevaricadoras en contra de tus prójimas. Hay agravios y golpes que ameritaban cárcel y se quedaron en amonestaciones, en burlas de barandilla o en nada. Hay decenas o cientos o miles de asesinos de sus parejas (o de cualquier otra mujer) que lograron mover su telaraña de relaciones para gozar de plena impunidad, que se pasean como individuos honorables y detentan prestigio y cargos y que en sus ratos de ocio pastan en los centros comerciales del extranjero sin que nadie los moleste. Y hay una sucesión de gobiernos que ha descubierto en la población una materia prima renovable y abundante para hacer negocios: la carne humana.

Tu muerte es también el saldo de una economía caníbal que oferta a los habitantes del país como insumo barato para los procesos productivos de la globalidad y que ha ido rematando los bienes nacionales –las comunicaciones, la energía, el territorio, los bosques, los caminos, las aceras, el agua y el aire– hasta dejarnos y dejarte en un estado de desnudez esclava, listos y listas para ser rematados al mejor postor: quién da más por tu trabajo, quién da más por tu cuerpo, quién da más por el privilegio de asesinarte sin sufrir consecuencias. Es que te han dejado, nos han dejado, sin país: sin esa máquina que debiera servir para garantizarnos la vida o, cuando menos, para hacer justicia cuando nos la arrebatan.

Y cómo esclarecer el crimen si al enterarnos pensamos sólo fue una más”; si el oficial mayor se hizo de la vista gorda cuando compraron cámaras de vigilancia defectuosas; si el jefe de adquisiciones traficó los repuestos de las patrullas policiales; si los agentes andan fabricando culpables para cumplir la cuota; si los agentes del Ministerio Público ponen sobre aviso a los presuntos asesinos antes de que los capturen; si el procurador se agota sólo con imaginar la verdad de este entramado; si el juez está metido en sus propios negocios y además tiene la certeza de que te mataron porque ibas vestida como puta; si al presidente municipal no le queda más tiempo que para soñar con ser gobernador; si el gobernador pactó con el cártel; si los legisladores no piden la comparecencia de nadie; si la Presidencia está muy ocupada en preservar a toda costa la impunidad de todos, en quedar bien con los compradores y vendedores de carne humana y en blindar la maquinaria que te devoró viva y que luego escupió tus huesos.

Entre la muchedumbre que transita por las estaciones de Metro y que se apiña en los paraderos de microbuses, en el orden de las fábricas, en la placidez de las reuniones sociales, en el tumulto de toquines y bailongos, en las aulas y en las manifestaciones, florecen huecos invisibles. Las multitudes y las familias se estrechan para llenar tu ausencia y los vacíos de las que ya no están, y sin embargo, su no estar se vuelve cada vez más asfixiante, indignante y vergonzoso. No basta con el hallazgo de tu cuerpo torturado y ahorcado y violado. El hallazgo de tus huesos no es consuelo suficiente. No bastaría tampoco con una procuración y una impartición de mínima justicia. Es que tu muerte y otras muertes no deberían replicarse nunca.

Nada compensa tu no estar. No hay forma de recuperarte de la noche irremediable, pero se puede imaginar y construir una nación en el que ninguna mujer vuelva a ser arrojada a la muerte y territorios en los que todo mundo pueda caminar, respirar, amar, discutir, trabajar y relacionarse sin temor. Debe ser esa la consigna de cientos de miles y de millones. Debemos sentirte nuestra propia pérdida, llevarte en el recuerdo exasperado, tener presente tu sufrimiento, quererte mucho, llorarte como si fueras nuestra propia madre, nuestra propia hija, nuestra propia hermana, y asumir de una vez por todas el imperativo de acabar con esta mierda.

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Ilustración: Odilon Redon, “Hommage à Goya”, c.1895.

20.6.17

Espionaje, en contexto



The New York Times (NYT) reveló en su edición de ayer que a lo largo de esta década se ha espiado desde el gobierno mexicano, en forma dudosamente legal, o llanamente ilegal, a diversas organizaciones no gubernamentales, activistas e informadores, e incluso a alguno de sus familiares cercanos. En la información se menciona al Instituto Mexicano por la Competitividad (IMCO), Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), la Alianza por la Salud Alimentaria y el Centro Prodh. Las dos primeras representan a un sector empresarial y corporativo de orientación claramente neoliberal y oligárquica que se desencantó del peñato por la incapacidad del régimen de llevarlas reformas estructurales hasta sus últimas consecuencias y que desde entonces ha venido realizando un ruidoso activismo dirigido en contra de la totalidad de la llamada “clase política”; las últimas son, respectivamente, una organización plural y un reconocido organismo independiente de defensa de los derechos humanos. Igualmente figuran como víctimas del espionaje los periodistas Carlos Loret de Mola y Carmen Aristegui, ésta última con el agravante de que se intentó interferir el teléfono de su hijo, Emilio.

Los antecedentes de lo que ahora se etiqueta como #GobiernoEspía vienen de muy atrás. Los gobernantes mexicanos (y no son los únicos, claro) se han espiado entre ellos; han husmeado durante décadas en el correo postal; han enviado orejas a reuniones y han pinchado las líneas telefónicas; han violentado el derecho a la privacidad de opositores políticos, luchadores sociales, dirigentes sindicales, líderes campesinos e intelectuales destacados. Todo, con el propósito de vigilar, contener, reprimir, chantajear o neutralizar a quienes han considerado necesario.

Las intromisiones gubernamentales no cesaron con la revolución tecnológica sino que se adaptaron a ella. Desde septiembre de 2013, gracias a una investigación realizada por la Unidad de Contrainteligencia de Wikileaks (WLCIU) y por el Citizen Lab de la Universidad de Toronto y difundida por La Jornada se sabía que diversas firmas internacionales de intercepción de comunicaciones rondaban el mercado mexicano, y en octubre de ese año las organizaciones civiles Contingente Mx y Propuesta Cívica dieron a conocer que el software espía FinFisher, de la empresa británica Gamma Group, “se usa extensivamente en por lo menos cuatro dependencias federales: la extinta Secretaría de Seguridad Pública, la PGR, el Cisen y el Estado Mayor Presidencial”. En el caso de la PGR, el programa fue vendido por FinFisher fue vendido durante la última fase del mandato de Felipe Calderón por Obses de México, durante la gestión de Marisela Morales, según dijo Jesús Robles Maloof, de Contingente Mx. El Centro Europeo por los Derechos Constitucionales y Humanos (ECCHR) señaló entonces que el FinFisher sirve para “monitorear comunicaciones de periodistas, manifestantes y blogueros con el fin de identificarlos y, en su caso, arrestarlos”.

En su nota de ayer, el NYT informó que el instrumento utilizado para el espionaje telefónico de Aristegui, Loret de Mola, el Centro Prodh, el IMCO, MCCI y la Alianza por la Salud alimentaria, es el sistema Pegasus, fabricado por la compañía israelí NSO Group y afirmó que está en servicio desde 2011 en “al menos tres dependencias federales mexicanas”. NSO Group, agregó, “vende la herramienta de forma exclusiva a los gobiernos con la condición de que solo sea utilizada para combatir a terroristas o grupos criminales y carteles de drogas”.

El espionaje es delito y, cuando las autoridades lo realizan sin orden judicial es también una violación a los derechos humanos. En este caso no es sorprendente pero sí condenable e inadmisible. No puede ser correcto que el régimen se gaste 80 millones de dólares en tratar como presuntos criminales a informadores y a activistas de derechos humanos cuando no es capaz de proteger la vida de unos y de otros, diezmados con particular saña por la violencia que vive el país. Ciertamente, tampoco hay justificación posible para escudriñar de manera furtiva las comunicaciones de esos sectores oligárquicos (MCCI, IMCO) que se le voltearon al gobierno.

Es extraño que el régimen priísta no espíe a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, al Movimiento de Regeneración Nacional, al Congreso Nacional indígena y a otras instancias políticas y sociales, o bien que el NYT no las mencione. En todo caso, la información comentada coloca al peñato en una situación de extrema vulnerabilidad en en el encuentro de la OEA que se realiza en Cancún por estos días y, mucho más grave, ante la que parece inminente renegociación del TLCAN.

15.6.17

Navalón y su calumnia generacional


Por si no bastara con las etiquetas de avaro para los judíos, de terrorista para los musulmanes, de fatuo para los argentinos, de idiota para los gallegos, de chismosa para las mujeres, de holgazán para los mexicanos, de frío para los alemanes, de ignorante para los indios, de ladrón para los gitanos y muchas más expresiones de discriminación y odio, hace unos días se codificó una nueva: los jóvenes son sordos, irresponsables y amorales. La aportación se le debe a Antonio Navalón, un empresario, mercadólogo político, cabildero y periodista mallorquín con intereses corporativos e ideológicos en México y con colas a medio pisar en algunos escándalos financieros. Fue publicada en El País con el título “‘Millennials’: dueños de la nada” el 13 de junio de este año.

El autor utiliza de manera definitoria la categoría globalizadora “millennial” para designar a los nacidos entre 1980 y 2000, es decir, a quienes la llaneza del idioma permite llamar simplemente jóvenes, pues en este 2017 están ubicados en un rango de edades de entre 16 y 37 años. Las imputaciones de Navalón en contra de ellos son, en síntesis, las siguientes (frases literales): no existe constancia de que hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad; salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social; su falta de vinculación con el pasado y su indiferencia, en cierto sentido, hacia el mundo real son los rasgos que mejor los definen; parecen más bien un software de última generación que seres humanos que llegaron al mundo gracias a sus madres; solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir; lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido; no tienen en su ADN la función de escuchar; el resto del mundo no está obligado a mantenerlos simplemente porque vivieron y fueron parte de la transición con la que llegó este siglo del conocimiento. Por añadidura, tal vez la falta de “responsabilidades, obligaciones y un proyecto definido” de esta “generación que está tomando el relevo”, “explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México”.

Tales generalizaciones se caen por sí solas. A pesar de la veta gerontocrática que suele encontrarse en la raíz de los autoritarismos pasados y presentes, cualquiera con dos dedos de frente sabe que toda generación (y toda nación, y todo género, y todo credo, y toda cultura) es una mezcla de individuos activos y pasivos; éticos y cínicos; trabajadores y holgazanes; creativos y estériles; generosos y mezquinos; geniales, medianamente inteligentes y desoladoramente estúpidos.

Por lo demás, la crítica por la centralidad de las redes sociales en la vida de los de 40 para abajo es pueril. Ese mismo protagonismo tuvieron la televisión y la imprenta en las generaciones precedentes y a nadie se le ocurre ir a zarandear en sus tumbas a los autores del Siglo de Oro porque estuvieron demasiado ensimismados con el juguete de los tipos móviles como para ponerse a mejorar el mundo.

Tal vez el texto referido pueda explicarse como un ataque de efebifobia o como el berrinche de senectud de un hombre que se niega a ver (ya no digamos a entender) a los jóvenes de la actualidad en toda su riqueza y diversidad, que no es capaz de comprender el presente y que experimenta una envidiosa rabieta de otoño por su propia juventud perdida. Pero me parece que hay mucho más fondo: ¿qué denominador común real tienen los nacidos después de 1980 y qué puede unir a una argentina de 27 con un español de 35 con un francés de 19 de cualesquiera clases sociales? Pues que todos ellos son víctimas del ciclo de depredación mundial en que se tradujo la implantación del neoliberalismo, la destrucción del Estado de bienestar, el libertinaje comercial y financiero y la conformación de grupos nacionales político-empresarial-mediáticos que responden plenamente a la definición de oligarquías y que se ramifican más allá de las fronteras. El propio Navalón es un operador un tanto destacado de esa oligocracia global que mezcla negocios con academia con política con producción ideológica y cuyo imperio ha destruido los derechos de la mayoría y ha dejado a viejos, a maduros y a jóvenes (pero con particular crueldad a los jóvenes) sin un sitio en el mundo.

Para las nuevas generaciones resulta mucho más arduo que para las precedentes encontrar un sitio en las universidades o un puesto de trabajo en la economía, y ya no se diga adquirir una casa. No tienen jubilaciones ni seguro social porque los gobernantes (panistas o priístas, populares o socialistas) privatizaron los sistemas correspondientes o, lisa y llanamente, se robaron los fondos; no creen en las formas tradicionales de la política porque los maridajes entre partidos, corporaciones y mafias la convirtieron en un muladar; no confían en los medios porque los intereses de los consejos de administración se impusieron (como parte de esa mercantilización generalizada de la vida) por sobre el compromiso con la verdad; no tienen derecho a transitar porque los caminos se volvieron de paga, no pueden ir de campamento porque donde estuvo el bosque hoy se ubica una explotación minera y si quieren saciar la sed tienen que desembolsar dos euros.

A pesar de todo ello, los denostados “millennials” formaron el partido Podemos en España, el grupo de las Pussy Riot en Rusia (y después en otros países) y dieron vida, en México, al movimiento #YoSoy132 y al nunca extinto clamor social por la atrocidad de Iguala (por citar sólo dos ejemplos al vuelo) pero semejantes desarrollos sociales son, en el horizonte ideológico representado por Navalón, muestra de una “profunda indiferencia social” o una prueba de la necesidad de ponerse a buscar “el eslabón perdido entre el ‘millennial’ y el ser humano”.

Ante la ola de críticas suscitada por la invectiva, su autor tuiteó una disculpa de 18 líneas matizada por el anuncio de su “alegría” por el debate generado. Es una pena que la mayoría de quienes leyeron el artículo en El País y fortalecieron de esa forma sus prejuicios estúpidos contra los jóvenes no se hayan enterado de la retractación porque son más consecuentes con su obsolescencia que el propio Navalón y no frecuentan el Twitter ni las otras redes sociales. De modo que con ese texto el mundo ha ganado en odio, incomprensión e intolerancia y al entorno hostil y peligroso al que han sido condenados los jóvenes le ha brotado una nueva espina.

Para finalizar: en lo escrito por el mallorquín no hay reflexión ni análisis y ni siquiera la nostalgia manriquiana del tiempo pasado que fue mejor sino agresión, calumnia y discriminación en contra de un sector poblacional de suyo victimizado. Será tal vez por eso que cuando leía “Dueños de la nada” sentí una repulsión casi tan intensa como la que me produjo el tristemente célebre programa radial de Marcelino Perelló (“sin verga no hay violación”) y experimenté una honda vergüenza para con los agraviados por ese discurso de odio y una necesidad urgente de pedirles perdón.