30.1.14

Las ranas 2.0 del
Condado de Calaveras



Recuerda uno al apostador Jim Smiley –referido por Mark Twain en uno de sus relatos– y a su rana Daniel Webster, entrenada durante tres meses para ejecutar saltos de longitud y hacerle ganar dinero a su dueño, y cómo un forastero taimado apareció en el Condado de Calaveras y, haciéndose el ingenuo, aceptó jugarse 40 dólares poniendo a competir a una rana cualquiera contra Daniel Webster, y cómo, a espaldas del propietario, le dio a comer al anfibio campeón unas cucharadas de municiones de plomo para luego desplumar al atónito Jim Smiley, cuya rana no brincó ni mucho ni poco sino que, por el contrario, se quedó “clavada en tierra tan sólidamente como una iglesia”.

Nada que ver. Tomemos de ese cuento el nombre del lugar y pongámoslo de hábitat para las ranas de esta historia, más modestas y ligeras que Daniel Webster, y que no han ingerido nada especial aparte de su dieta corriente de moscas y otros bichos. Lo de ellas es genético: han nacido con un microprocesador incorporado al organismo y algunos ambientalistas señalan la posibilidad de que ello se deba a una mutación genética provocada por los altos grados de contaminación imperante en el Condado de Calaveras y por las radiaciones de microondas que infestan la atmósfera debido al uso de teléfonos celulares y acaso también a un experimento que se ha salido de control. Algunos infieren que la situación forma parte de un plan perverso de alguna empresa fabricante de chips que se apresta a presentar reclamaciones por violación de patente en cuanto se compruebe que los dispositivos presentes en las ranas tienen un diagrama de circuitos que es propiedad intelectual de la compañía en cuestión. En una de esas, la corporación pretende exigir que se registre a su nombre los derechos de copyright por toda la fauna de la región en cuanto las cadenas alimenticias se contaminen con el gen malévolo. No está claro, por cierto, si los zancudos que forman parte del sustento de los batracios son portadores de la alteración, ni se ha sabido, hasta ahora, de un coyote infestado de tumoraciones en forma de microchip. Pero no importa: seguramente es cuestión de tiempo.

Lo que está claro es que no se puede permitir que el fenómeno siga ocurriendo a la luz del día y a la vista de todo el mundo. Hay que hacer algo para detener la amenaza; es preciso documentar, movilizarse, denunciar, informar a la opinión pública. Y un día te topas con un ejército de ciudadanos honestamente preocupados, irritados, exasperados, que te ponen enfrente una montaña de documentos, páginas web, folletos y videos que van de lo riguroso a lo delirante, pasando por las digresiones más inesperadas. Te pondrán frente a los ojos, por ejemplo, análisis tan bien fundamentados como espeluznantes sobre los altísimos niveles de plomo y cadmio presentes en las charcas del Condado de Calaveras. Te mostrarán fotos inobjetables de horribles deformaciones genéticas en algunos ejemplares de especies endémicas de anfibios. Exhibirán videos sobre la viabilidad de diseñar cyborgs –criaturas mitad biológicas y mitad electrónicas– y te recitarán el texto completo de a Ley Ambiental, y señalarán en ella, con un marcador amarillo, los párrafos en los que se hace manifiesta prohibición del vertido de sustancias tóxicas en los bosques tropicales y de la manipulación de cromosomas con propósitos comerciales. No faltará, desde luego, alguien que te pase el vínculo de un video en el que se registra la disección (perdón, la autopsia, porque hoy en día es incorrecto abrir en canal a un animal vivo, así sea con el más noble de los propósitos) de un espécimen alterado; allí se observa clarito cómo los bancos de memoria han reemplazado a las branquias, cómo el sistema digestivo ha cedido su lugar a lo que es, sin duda alguna, una fuente de poder, y cómo el vientre del animal se ha convertido en una pantalla táctil.

Desde luego, tú estás a favor de impedir por todos los medios legales y administrativos posibles los vertidos de compuestos no biodegradables en los cursos de agua. Crees que los transgénicos deben ser puestos en cuarentena por el tiempo que sea necesario –años, décadas, siglos– en tanto no estemos completamente seguros de que no son nocivos para los equilibrios ecológicos y para la salud, y en tanto no se lleve a cabo una codificación de salvaguardias legales para garantizar que su uso y proliferación no otorgue al dueño de la patente ventajas indebidas sobre productores, consumidores y países. Por otro lado, encuentras lógico, y acaso hasta inevitable, que la tecnología y la bioingeniería avancen en cursos convergentes, como lo han venido haciendo desde hace décadas –marcapasos, implantes cocleares, cápsulas inyectables de lenta liberación de fármacos, vértebras y caderas de titanio, por no hablar de implantes de tetas y de prótesis neumáticas para lograr erecciones en los impotentes– de manera que, un día no muy lejano, se pueda configurar un organismo tal y como hoy se arma un aparato electrónico.

Sea. Pero toda esta información no prueba la existencia de ranas con chips congénitos ni justifica que un creciente número de ciudadanos de bien se pasen días enteros metidos en el fango y con el cuerpo torcido en posiciones incómodas para videograbar anfibios con comportamientos sospechosos: “mira, que una rana común no brinca de esa manera”; “¿lo ves? ha abierto la boca por demasiado tiempo; eso es antinatural”; “es que sólo un microprocesador puede controlar los músculos de sus ancas en esa forma”. Y así.

–Pero, hasta ahora, nadie ha visto ranas con microcircuitos en las tripas –señalas, y de inmediato te rebaten:

–¿Pues qué crees que son todas esas ranas que te hemos mostrado?

–A ver, pero nadie ha presentado una cosa de esas en una universidad, en un centro de investigación...

Pobre de ti: no sabes que las universidades han sido sometidas para que oculten la información, como lo han sido los medios masivos y las academias científicas. Y entonces llega el momento de dudar y, por si acaso, revisas tu estado de cuenta para verificar que ninguna corporación de bioingeniería te haya hecho un depósito millonario. ¿Y si te sobornaron para que participes en el encubrimiento  y no te diste cuenta? ¿Y si a estas alturas ya tienes la bóveda craneana infestada de transistores? ¿No será tiempo de que te hagas una resonancia magnética cerebral? ¿Y si el laboratorio le hace Photoshop a los resultados de tu examen? ¿O será, simplemente, que eres tan estúpido que no logras eslabonar los datos empíricos de tal forma que te lleven a apreciar lo que es, a ojos de tantas personas honestas y conscientes, una realidad irrebatible?

Bueno, lo que es irrebatible es la creencia. Porque ésta no es una construcción lógica sino  un estado mental en el que algo es visto como verdadero, independientemente de que lo sea o no, y constituye el núcleo más primario, el más entrañable, de nuestra visión del mundo. Entonces te acuerdas de Mark Twain y su relato y decides hacer un acto de amor: vas a un tiradero de desperdicios electrónicos y compras medio kilo de ellos; luego pasas por la tienda de mascotas, adquieres una rana –no es del tipo de las que habitan el Condado de Calaveras, pero no importa mucho– llegas a casa, trituras unos circuitos impresos hasta dejar una especie de gránulos verdosos con motas negras, agarras al bicho (sí, estás cometiendo un crimen de lesa animalidad), le abres la boca y le metes a cucharadas algo de esa sustancia. Ya cagará un poco de silicio y eso será esgrimido como prueba contundente de la mutación. Finalmente, llevas la rana a la guarida de los creyentes, la entregas y les dices con humildad:


–Disculpen mi escepticismo; he sido muy güey y ustedes tenían razón.




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