23.12.12

Cuando miro
las palmas
de tus manos


me vienen ganas de quedarme quieto,
sin hacer otra cosa que verlas,
por unos años.

Siento el impulso de olfatearlas
para conocer la raíz
de tu perfume y de tu agrura.

Quiero sobrevolarlas
en un vuelo rasante y despacioso
con las yemas de los dedos
a milímetros de distancia
y dejar que se posen
con la suavidad de los globos.

Cuando veo las palmas de tus manos
querría poseer las aptitudes
del geógrafo y del geómetra,
para volverlas mapa,
para estudiar sus formas.

Llega también, es cierto,
el afán de besarlas
con un roce de labios
y luego, aterrizar la boca entera,
lamerlas, succionarlas,
como se aferra el náufrago
del mar o del desierto
a la primera fruta de su supervivencia.

Al contemplar las palmas de tus manos
las querría posadas en mis sienes;
tapándome los ojos,
como un antifaz de carne;
imagino que se deslizan
entre los botones de tu blusa
y activan los botones de tu pecho,
ya despojado de la blusa;
que viajan a tu sexo y al mío,
que son dos invitadas amorosas
en el espacio genital,
un par de extrañas que se suman
y que son bievenidas
y que fusionan humedades
y que corren por ellas
tus líquidos, mi semen, nuestras lágrimas.

Pero la más intensa
de las cosas que pienso,
la más cachonda fantasía
que me viene a la mente
cuando miro las palmas de tus manos,
es convertirme en surco,
en un pliegue pequeño en tu epidermis
junto a tu línea de la vida, ser un signo
en la piel de las palmas de tus manos.


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