7.2.17

Unidad: con quién y para qué


Unidad nacional” es el mantra del momento entre quienes han instigado y consumado la mayor fractura nacional en décadas: la generada por las reformas estructurales, con la educativa y la energética, en primer lugar. “Unidad”, claman los políticos y funcionarios que incendiaron al país con el gasolinazo del mes pasado. “Patriotismo”, exige, en su fiesta de Querétaro, el grumo de partidos que ha gestionado los episodios más recientes de claudicación nacional. Unidad y patriotismo son ahora los productos de temporada, las marcas registradas comercializables recién descubiertas por los sectores políticos y empresariales que han exacerbado la división de México entre un puñado de magnates y una mayoría de miserables, los que han traducido al español mexicano los dictados de la OCDE, el FMI y el Banco Mundial, y los que en el pasado reciente elaboraron coartadas para justificar la violencia genocida en la que Felipe Calderón sumió al país.

Quienes han hecho carrera promoviendo en México los antivalores neoliberales de rentabilidad, competencia y productivad; los que por décadas entonaron alabanzas al proceso de integración supeditada del país a la economía estadunidense; quienes han impulsado una modernización sangrienta, antipopular, generadora de pobreza y marginación; los que han exigido e instrumentado acciones de represión en contra de los movimientos sociales; quienes han pedido mano dura contra la delincuencia mientras se dejan consentir en los salones controlados por delincuentes de cuello blanco; los que han buscado criminalizar a los estudiantes de Ayotzinapa, a los profesores de la CNTE, a las comunidades en resistencia; los telectuales que han descalificado como “populismo” las luchas en defensa de los intereses nacionales; quienes querían mantener en la cárcel a Nestora Salgado; esos cuyos servicios a un poder público lacayo les ha sido generosamente recompensado con contratos y prebendas; los mexicanos a los que les resulta ajena la crisis habitacional en el país porque poseen residencias de lujo en Estados Unidos; esos que han medrado con la obsecuencia de gobiernos que entregaron al extranjero las riquezas del subsuelo y las empresas antaño de propiedad pública; Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña, que vendieron o regalaron el mercado nacional, la independencia diplomática, la soberanía, la seguridad nacional y la estructura energética de México a las necesidades e intereses de las transnacionales, hoy medran con los impulsos nacionalistas y con la indignación social provocada por las arremetidas antimexicanas de Donald Trump. Y las diversas caras y logotipos de la antipatria política, empresarial, mediática e ideológica, convocan en defensa de la patria a una sociedad a la que por décadas han traicionado, defraudado, saqueado, manipulado, empobrecido, mentido y masacrado.

Los más recientes episodios de esta indecencia son el enésimo llamado de Peña a la unidad, ahora “en torno a la Constitución” y la marcha “apartidista, pacífica y respetuosa” en rechazo a las iniciativas del gobierno estadunidense y en demanda de “buen gobierno”. El primero es un nuevo intento por legitimar las reformas estructurales que representan la más reciente adulteración al pacto social expresado en el documento constitucional; el segundo viene siendo un nuevo ensayo de un conocido manojo de membretes de la derecha empresarial y antipopular, ahora agrupada en una cosa denominada Vibra México, por capitalizar el justificado enojo que cunde en el país en contra de la administración Trump. Tan descarado resulta ese oeneginismo reaccionario que ni siquiera se tomó la molestia de buscarle un sufijo “.org” a su página web, la cual puede encontrarse con el dominio corporativo “.com”. Es comprensible que universidades privadas se hayan sumado a la convocatoria. Pero, por razones que escapan al entendimiento, la rectoría de la UNAM aceptó agregar los nombres de esa prestigiosa institución pública a un conjunto de grupos facciosos y oligárquicos que buscan convertir la movilización en un nuevo instrumento de mercadotecnia o, cuando menos, de lavado de imagen.

Está difícil que desde el 12 por ciento de popularidad que se labró a pulso y con tesón, Peña logre encabezar algo más que la suma de las cúpulas que dominan de mala manera las instituciones y lo que queda de la economía; en cuanto al llamado a salir a las calles formulado por Vibra México, no se debe escatimar la cobertura mediática ni la estruendosa capacidad de promoción de que gozan las OAVG (organizaciones a veces gubernamentales) convocantes. Pero de seguro el país mayoritario ofendido, despojado, maltratado y reprimido, no estará allí.

2.2.17

México, ante el
bisonte furioso


Más de un siglo antes de que se echara a andar la globalización neoliberal los autores socialistas y anarquistas clásicos ya tenían claro que el capital no tiene patria y que para hacer frente a su internacionalización era necesario que la organización de la clase obrera brincara las fronteras nacionales. Con esa convicción se fundaron las primeras tres Internacionales. El internacionalismo proletario era praxis derivada de esa noción y hasta principios del siglo pasado era de obvio consenso que el remplazo del capitalismo por el socialismo tenía que ser una tarea mundial. Al fin de la Gran Guerra el recién nacido poder soviético esperaba ser rescatado por el ciclo revolucionario que tuvo lugar en Europa –especialmente, en Alemania– pero las revueltas obreras fueron aplastadas en todas partes y los bolcheviques se encontraron solos y rodeados de regímenes hostiles.

En esas circunstancias, en el otoño de 1924, Stalin presentó una idea que, si bien encontraba sustento en las condiciones de la Rusia soviética cercada, resultaba disparatada e incoherente para la lógica marxista y que contradecía hasta los discursos del propio Stalin de unos meses antes: construir el socialismo en un solo país. Las posteriores derrotas de varias revoluciones (Bulgaria, Alemania, China) se debieron, en buena medida, al aislacionismo estalinista y a su empeño en congraciarse con los gobiernos capitalistas, y tal vez esa incongruencia casi fundacional haya resultado determinante en el derrumbe final de la Unión Soviética, seis décadas más tarde.
Valga el breve recuento como un punto de referencia para comprender lo que Donald Trump pretende hacer, noventa años después, desde la presidencia de Estados Unidos: el neoliberalismo en un solo país, un oxímoron aun más grotesco, si cabe, que el del astuto y sanguinario dictador soviético. La doctrina neoliberal surgió en la posguerra, el siglo pasado, como un programa para llevar a sus últimas consecuencias la internacionalización de los capitales, lo que implicaba, entre otras cosas, la transferencia paulatina de potestades y funciones de los Estados a los consejos de administración de los consorcios internacionales y la demolición de las fronteras nacionales para el paso libérrimo de las mercancías y los servicios.

El Estado nación ya era un franco estorbo para la obtención de tasas máximas de utilidad y era preciso, si no suprimirlo, al menos reducirlo al mínimo y estricto aparato de control gubernamental, eliminando todo factor de socialización económica, redistribución de la riqueza y movilidad social. El proteccionismo, que buscaba asegurar mercados nacionales a las empresas y, de paso, empleos, fue visto como la bestia negra del pensamiento económico y la embestida en su contra formó parte esencial del llamado Consenso de Washington, un recetario acuñado en 1989 por el ideólogo John Williamson cuando ya el modelo neoliberal había sido implantado en el Chile de Pinochet, la Inglaterra de Thatcher y el Estados Unidos de Reagan-Bush.

Trump es, a no dudarlo, un neoliberal en la faceta más inhumana de esa doctrina: cree en la competencia desatada, en la desregulación total del mercado, en el achicamiento del aparato gubernamental y en la eliminación de los programas de bienestar social. Pero al mismo tiempo piensa que es posible sostener ese modelo suprimiendo el libre comercio, al menos el que atañe a los países con los cuales Estados Unidos tiene intercambios deficitarios, como China y México.

Lo que el trumpismo no tiene en cuenta es que, en el marco del libre comercio, la mano de obra de esas y otras naciones se ha convertido en un insumo fundamental para la propia economía estadunidense y que la transnacionalización de los procesos productivos (como armar celulares en China y automóviles en México) es una subvención que aporta competitividad a los productos de Estados Unidos en los importantes mercados de Europa y Asia. Asimismo, las importaciones baratas han permitido mantener a raya la inflación en el territorio de la superpotencia, y si bien quitan puestos de empleo en la industria, los crean en el comercio y en los servicios.

El proteccionismo exacerbado pudo ser un gran trampolín electoral para el magnate rubicundo pero en los tiempos que corren difícilmente puede aportarle una base sólida y estable para reformar la economía del país vecino o para recuperar la hegemonía que Estados Unidos ha perdido en el mundo en las últimas décadas. Más bien podría garantizarle un mal final, o sea, un conjunto de reacciones –sospecho que las que están teniendo lugar son sólo el principio– que termine por hacer inviable su presencia en la Casa Blanca.

En tales circunstancias, a menos de dos semanas de haber tomado posesión, tal vez el hombre, que desde precandidato presidencial ya se comportaba como un bisonte furioso, ande necesitado de una huída hacia adelante y piense en llevar la relación con México hasta el punto de la intervención militar en nuestro país con la que amenazó a Enrique Peña en una conversación telefónica, como lo indican diversos reportes de prensa. La historia es verosímil si se considera que el debilitado e impresentable presidente mexicano se ha convertido en el blanco favorito del bullying trumpista y que en contactos anteriores el gobierno nacional no ha sido capaz de actuar con la dignidad y la firmeza que estas bravuconadas demandan.

Los intentos de Peña por capitalizar a su favor los sentimientos patrióticos que afloran en México en el momento presente no van a permitirle recuperar algo del terreno perdido, ni ante la sociedad mexicana ni ante Trump. Éste ya tomó la medida de la extremada pusilanimidad de quienes gobiernan al otro lado del Bravo. Aquí no parece fácil, con un presidente que anda en 10 o 12 por ciento de aprobación, y cuyas reformas han creado una fractura sin precedentes en el país. Los exhortos gubernamentales resultan extraños en momentos en que la policía sigue agarrando a garrotazos a quienes protestan por el incremento a los precios de la gasolina y está fresca la revelación del encuentro que sostuvieron en Los Pinos Peña y Ricardo Anaya, líder del PAN, para cerrarle el paso a Morena (lo que en español mexicano quiere decir: hacer fraude en alguna de sus modalidades) en los comicios previstos para el año entrante.

Como en otros momentos históricos, México se encuentra ante la hostilidad del país más poderoso de la Tierra y sin un gobierno nacional digno de ese nombre. El destino de Trump es incierto y el del régimen neoliberal mexicano, también; estamos sin duda en meses y años críticos. La capacidad de resistir vendrá de la organización social y popular o de ninguna parte.



11.1.17

Saqueos de Estado



En tiempos de Peña Nieto la redistribución de la riqueza se realiza así: los priístas de arriba saquean el erario y mandan a los priístas de abajo a saquear el Chedraui.

La caricatura es ilustrativa de lo ocurrido en la primera semana de este año, cuando el pueblo se lanzó a manifestar pacíficamente su descontento por el brutal incremento al precio de la gasolina, una medida que favorece al grupo en el poder y a los intereses privados a los que la reforma energética cedió la industria petrolera pero que conlleva, de manera inevitable, un brusco deterioro del nivel de vida de la mayor parte de la población.

Las protestas fueron muy pronto seguidas por actos de rapiña y vandalismo que en su coordinación y precisión dejaron ver de inmediato la mano que mecía la cuna. A diferencia de los saqueos espontáneos perpetrados en momentos de oportunidad como inundaciones o terremotos, o de los que cometen masas desesperadas en circunstancias de carencia alimentaria, los ataques de días pasados a comercios establecidos fueron convocados en las redes sociales, dispusieron de transporte y logística, contaron con la protección de corporaciones policiales (como puede verse en diversos videos de dominio público) y, de acuerdo con numerosos testimonios, se ofreció a sus participantes recompensas en efectivo, además del botín que obtuvieran.

En forma simultánea, un enjambre de cuentas de Twitter conocidas por proferir amenazas de muerte en contra de diversas personas ocuparon su tiempo en propalar información falsa sobre supuestos episodios de violencia, particularmente en el Estado de México, con imágenes que en realidad provenían de lejanos conflictos bélicos. Esos mismos bots difundieron supuestos volantes de Morena con recetas para fabricar explosivos y otros llamados apócrifos a la violencia.

En diversos escenarios de protestas genuinas se recurrió al viejo guión priísta que Enrique Peña Nieto recuperó desde el primer día de su administración y que tiene viejas raíces en el Batallón Olimpia (1968) y los “Halcones” (1971): grupos de choque enviados por el poder público fueron infiltrados entre los manifestantes para crear confrontaciones con las fuerzas de seguridad. Uno de los casos más evidentes (consta en video) es el de Nogales, Sonora, en donde la intervención de un grupo de golpeadores culminó con disparos de armas de fuego de la policía estatal en contra de la multitud, y en el que de milagro no hubo muertos. En otros, como Ixmiquilpan, el régimen ni siquiera pasó por la provocación antes de lanzar una represión feroz en contra del pueblo insurrecto.

Los saqueos de Estado, las campañas para sembrar el terror en la sociedad y las infiltraciones de protestas pacíficas tienen todo el sello de un régimen que va más allá del PRI propiamente dicho y que ha incorporado como piezas orgánicas al PAN, al PRD y a otras patentes electorales y sin la participación del poder público no se explica la sincronía y organización con la que ha operado el vandalismo.

¿Para qué? Bueno, si no es para inhibir, desalentar, distorsionar y desvirtuar las extendidas manifestaciones de repudio mediante el terror, como en efecto se logró parcialmente en el Estado de México podría ser, como último recurso, para crear el escenario adecuado para estrenar la Ley Reglamentaria del Artículo 29 e imponer un estado de excepción muy conveniente en tiempos en que el priísmo tiene ante sí la perspectiva de catástrofe electoral que el peñato ha construido con inaudita perseverancia. 

Paradójicamente, al empecinarse en reconstruir la presidencia priísta omnímoda, Peña Nieto se colocó a sí mismo como el jefe nato del partido tricolor con todo lo que eso conlleva: las redes clientelares y lumpenescas, los oxidados aparatos de control corporativo y los ya mencionados grupos de choque permanentes o ad hoc que desde 1968 han sido empleados para golpear en forma colateral a las protestas populares. 

Es pertinente, por ello, demandar al propio titular del Ejecutivo que se ponga fin a los saqueos, provocaciones, campañas de desinformación y siembras de pánico y que el gobierno respete escrupulosamente los derechos de la ciudadanía a la manifestación pacífica y a la libre expresión de su descontento. Con ese propósito se ha elaborado una petición en Change.org que puede consultarse aquí.

13.12.16

Zavala de Calderón


El sexenio pasado no sólo se caracterizó por la implantación de una violencia de Estado que aún persiste sino también por una corrupción inmensa que dejó un saldo no menos trágico que la narcoguerra. Más que en los petrocontratos de Juan Camilo Mouriño, el reparto de cargos a las huestes de Elba Esther Gordillo (empezando por el nombramiento de Miguel Ángel Yunes al frente del ISSSTE) o la Estela de Luz, esa corrupción se resume en tres letras: ABC. Y dos de los apellidos de Margarita Zavala Gómez del Campo de Calderón la involucran en ella: como esposa de un gobernante que permitió la subrogación de guarderías del IMSS a empresarios privados y como prima de una beneficiaria de esa disposición, Marcia Gómez del Campo, la cual, tras la indolencia criminal que el 5 de junio de 2009 desembocó en la muerte de 49 niños (otros 109 resultaron heridos en el incendio) se benefició de una impunidad inexplicable, como no sea por los parentescos.

Zavala de Calderón suele quejarse de que la opinión pública la asocie con su marido y le resulta particularmente molesto que la llamen “de Calderón”. Su desagrado alcanzó un climax cuando, acosada en Ciudad Juárez por ciudadanos indignados por su presencia, se refirió a su relación conyugal como un “estigma” que procurará borrar. Pero la molestia es relativamente nueva: en sus seis años como “primera dama” –cargo extraoficial pero poderoso, sobre todo en materia de trapicheo de contratos y concesiones en el sector público– jamás envió una nota aclaratoria a los medios que referían sus apellidos de esa forma ni a las páginas oficiales que ensalzaban sus virtudes.

Molestias aparte, Zavala de Calderón organizó el primer encuentro nacional de su corriente panista “Yo con México” –en el que confirmó su intención de competir por la Presidencia en 2018– la semana pasada, justo cuando el país recordaba los diez años del inicio de la narcoguerra impuesta por Calderón y que continúa hasta hoy. Si la ex “primera dama” realmente pretende un deslinde tardío, entonces la coincidencia de fechas deja ver una torpeza política inconmensurable. Pero el dato también puede interpretarse como un mensaje de continuidad en el que Zavala de Calderón ofrece otros seis años de guerra interna que, sumados al calderonato y al peñato, darían 18 años de un baño de sangre que algunos califican de estúpido, absurdo y contraproducente, y que otros consideran parte de un programa deliberado, impuesto al país por gobernantes sometidos a los intereses estadunidenses.

Me cuento entre los segundos. Calderón Hinojosa no llegó al cargo por la decisión popular sino que, tras el fraude de julio de 2006, fue incrustado en Los Pinos por la embajada de Estados Unidos, como consta en un despacho confidencial enviado por el ex embajador Tony Garza al Departamento de Estado. En ese tiempo George W. Bush desarrollaba el negocio de la destrucción y reconstrucción de países para colmar de utilidades a las empresas del círculo presidencial (Halliburton, Blackwater y demás) y tuvo en Calderón a un aliado sumiso y dispuesto a escalar un problema policial y de salud en una cuestión de seguridad nacional que justificara el desmesurado incremento del gasto militar, la firma de un acuerdo de cooperación (la Iniciativa Mérida) y el tránsito de las balaceras a los combates. Por añadidura, el régimen encabezado por el michoacano puso sin ningún escrúpulo la información y hasta la conducción de la seguridad pública en manos de Washington.

Además de los contratistas en seguridad e inteligencia, los principales beneficiarios de la guerra de Calderón han sido los propios cárteles del narcotráfico –los cuales vieron impulsado su negocio mortífero y lograron el control de grandes regiones–, así como las entidades financieras (principalmente, estadunidenses) que les lavan sumas estratosféricas de utilidades. Semejante entrega del gobierno, la soberanía, el territorio, la economía y la población a intereses foráneos y a grupos delictivos no fue cuestionada jamás por la ahora aspirante presidencial en los 72 meses en los que se lució como esposa del responsable máximo de aquel desastre.

En cuatro de esos seis años el calderonato obedeció a Obama y a su entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, la candidata presidencial estadunidense por la que Zavala de Calderón tomó partido en forma desembozada y con la cual, a la postre, se ejercitó en el arte de perder una elección sin ser candidata en ella.

Hay, pues, sobrados elementos para pensar que el retorno a Los Pinos de la familia Calderón-Zavala, ahora reformateada como Zavala-Calderón, representaría, inevitablemente, la continuación de una tragedia de la que México aún no ha salido.


8.12.16

Estampas del mancerato

● Milpa Alta huele a madera recién cortada
● El deprimente deprimido
● Helipuerto, muro de por medio




En febrero y marzo pasados unos vientos insólitos azotaron la Ciudad de México. Centenares de árboles fueron derribados por el fenómeno atmosférico en diversas delegaciones de la entidad, entre ellas Milpa Alta. Era preciso retirar los troncos caídos para evitar el riesgo de incendios y las autoridades otorgaron a los comuneros la autorización verbal para cortarlos y transportarlos a fin de que pudieran utilizar la madera. El permiso era requerido porque las actividades de explotación maderera (tala, aserraderos) están prohibidas desde 1947 en el territorio de la capital de la República (veda forestal). Pero los bosques de la sierra de Chichinautzin (que corre por las delegaciones Cuajimalpa, Álvaro Obregón, Magdalena Contreras, Tlalpan, Xochimilco y Milpa Alta) son el oscuro objeto del deseo de depredadores. Ya en 2013 diversas dependencias de la autoridad local –Secretaría de Seguridad Pública (SSP), Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial (PAOT), Secretaría del Medio Ambiente (Sedema), Procuraduría General de Justicia (PGJ)–, así como la autoridad delegacional, habían emprendido diversas acciones contra talamontes y aserraderos clandestinos en Milpa Alta.

Pero dos años más tarde las autorizaciones para aprovechar la madera de los árboles derribados por las ventiscas sirvieron de paraguas para el retorno de los taladores. El olor a madera recién cortada envolvió la delegación y los camiones de tres y media toneladas, cargados de troncos mucho más robustos que los derribados por el viento, empezaron a circular sin ningún impedimento y en esta ocasión las autoridades no hicieron nada. La Sedema, la PAOT y el Instituto de Verificación Administrativa (Invea) se revelaron como un manojo de siglas burocráticas sin voluntad alguna de defensa del medio ambiente. Arguyeron que el cuidado de los bosques era de competencia federal y las muy federales Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) y Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) voltearon hacia otro lado.

El problema no sólo es ambiental. Como ocurre en otras entidades del país, el negocio de la tala clandestina se asocia en automático con el narco. Uno y otro conforman una suerte de ciclo agrícola infernal: se tala una zona de bosque, se siembra con droga y al cabo de un tiempo los camiones bajan cargados de madera y droga. Además, los grupos delictivos aprovechan las zonas recién despejadas para establecer sus campamentos y aterrorizar desde ellos al resto de la población.

Los comuneros de diversos pueblos originaros de Milpa Alta coinciden en que individuos llegados de Michoacán se pasean con armas largas en total impunidad, cuidando sus negocios. Cuentan que sólo en la localidad de San Pablo Oztotepec, donde el general Emiliano Zapata estableció su cuartel general hace 102 años, hay en la actualidad 12 aserraderos clandestinos.

Y mientras el gobierno local lanza a sus policías a emprender cateos masivos en el centro de la ciudad en busca de celulares robados, en el extremo suroriente del territorio capitalino la depredación ambiental y la descomposición social se meten al Valle de México sin que nadie muestre interés alguno en ponerle freno.




El deprimente deprimido

¿Resolver un problema vial en la Ciudad de México? Fácil: cosa de abrirle paso al automóvil escarbando 14 kilómetros de túnel (aunque con la otra mano las autoridades se empeñen en volver imposible la circulación de vehículos automotores), partirle la existencia a media docena de colonias de clase media que alguna vez fueron apacibles (¿queda algún sitio apacible en este sufrido DF al que hasta el nombre le han cambiado para volverlo marca registrada?) y tirar un millar de árboles en una urbe que necesita, precisamente, más árboles y menos automóviles.

Desde el inicio los vecinos pidieron audiencias para demandar que se respetara a los árboles en la ejecución de la obra. Patricia Mercado, la secretaria de Gobierno de Miguel Ángel Mancera, les dijo que sólo se talarían 600. La PAOT autorizó 680. A cada nueva reunión, las autoridades ofrecían detener la tala, pero por las noches talaban. La obra se extendió como metástasis por puntos no previstos en el proyecto ejecutivo, como Barranca del Muerto. Los habitantes interpusieron un amparo y lograron la suspensión definitiva de la devastación. El gobierno capitalino respondió con una artimaña legal: aceptó detener la tala, pero pidió al juez autorización para trasplantarlos, lo que en los hechos significa arrancar los árboles, no cortarlos, para ir a tirarlos por allí. En reunión con los vecinos, Mercado llegó a la burla: los vecinos podrían ir a visitar los árboles en cuanto éstos estuvieran instalados en su nuevo hogar.

Los colonos no se arredraron e interpusieron un segundo amparo ante el juez Ricardo Gallardo Vara, del 16° juzgado en materia administrativa. Éste aceptó el recurso, pero sin detener el trasplante y sin recibir a los quejosos.

La rúbrica de la opacidad: cuando los habitantes de las colonias arrasadas por la obra pidieron que se les mostrara el estudio de impacto ambiental del deprimido Mixcoac, se les informó amablemente que la Sedema lo había enviado a la reserva. De seguro es un asunto de seguridad nacional y se trata de impedir que los planos del túnel caigan en manos de terroristas islámicos.

Aquí, algunos momentos del ecocidio y de la resistencia vecinal:








Helipuerto, muro de por medio

Ante el desastre del tránsito urbano, agravado de manera notoria por los desatinos del mancerato, los ricos de entre los ricos han ido optando por trasladarse en helicóptero. La desigualdad en la movilidad: si a las clases medias se les insta a que se apeen del coche para montarse en la bicicleta, a los de la lista de Forbes se les tolera que se conviertan en señores de los cielos y que pasen zumbando por encima de los embotellamientos. Y, claro, las oficinas de Cadena Tres, construidas en un predio en el que antes había un expendio de muebles Hermanos Vázquez, rodeado por los cuatro costados por unidades habitacionales densamente pobladas, no podían funcionar sin un helipuerto.

Éste fue construido en la más absoluta ilegalidad y sin contar con las autorizaciones correspondientes de la administración local ni de la federal, amparado en una simple autorización para remodelar la vieja tienda. Se instaló una antena de 60 metros de altura, el helipuerto propiamente dicho y unos tanques de almacenamiento de combustible que colindaban –muro de por medio, literal– con el centro de distribución de gas natural de la Unidad Latinoamericana; en medio de once unidades habitacionales ocupadas por 22 mil familias.

Patricia Mercado salió al quite. En una reunión con representantes vecinales reconoció la inexistencia de autorizaciones para la obra (hay video del encuentro) pero, en vez de proceder a la clausura, les dio largas y les ofreció gestionarles una junta con la empresa. Rapidito, el gobierno de Mancera y la delegación Coyoacán extendieron cuanto papel fuera necesario para regularizar la aberración.

Falta un detalle: los helicópteros ya suben y bajan en medio de una olla de edificios situada a unos metros del cruce de Avenida Universidad y el Eje 10 sin que exista una autorización de la Dirección de Aeronáutica de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Y adivinen dónde está la solicitud correspondiente: pues en la reserva. Dónde más iba a estar.


15.11.16

¿Trump tiene la culpa?

Los ejercicios de abominación del presidente electo estadunidense, tan de moda entre la oligarquía y sus escribidores, son banales en el mejor de los casos o perversos, en el peor: buscan disimular el hecho de que México no está ante una situación de posible desastre porque ese individuo brutal haya decidido usar a nuestro país como payaso de las bofetadas de su campaña electoral sino porque sucesivos gobiernos nacionales nos colocaron en el riesgo de desempeñar ese papel. Y el riesgo se concretó.

Todo lo que pueda pasar pasará”, dice la implacable ley de Murphy. El advenimiento de posturas ultraderechistas y aun fascistas en la presidencia de Estados Unidos no era un escenario para nada descartable, y menos si el cálculo se hacía en tiempos del gobierno de Ronald Reagan, una administración belicosa y atrabiliaria que no dejó ir ninguna oportunidad para mostrar su hostilidad a México.

En esa época la camarilla neoliberal que se hizo con el control de Los Pinos en 1988, fraude mediante, se había fijado como misión entregar el país al saqueo de los intereses corporativos transnacionales mediante un programa cuidadosamente delineado de enajenación de los bienes públicos, destrucción de las instituciones y de toda forma independiente de organización social e integración subordinada de la economía nacional a la de Estados Unidos.

A cambio de los favores recibidos, los integrantes de esa camarilla recibirían, una vez retirados de la función pública, cargos generosamente remunerados en las corporaciones beneficiadas por la entrega de México o en organismos internacionales, así como manga ancha para saquear el erario con impunidad garantizada.

La demolición de la soberanía económica y política de México inició con la firma del Tratado de Libre Comercio (Salinas), prosiguió con la entrega de los bancos, ferrocarriles y otras empresas nacionales a entidades extranjeras (Zedillo), pasó por la firma de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (Fox), siguió con la Iniciativa Mérida (Calderón) y tiene su más reciente episodio en la reforma energética redactada por Hillary Clinton y aplicada por Peña Nieto, con la complicidad de Acción Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y otros socios menores del grupo gobernante.

La implantación del TLC conllevó una grave devastación del campo y la industria y la desaparición de incontables pequeñas empresas nacionales comerciales y de servicios y dejó a millones de personas sin recursos para subsistir. La catástrofe humanitaria así generada se canalizó en forma de un movimiento migratorio masivo hacia el país vecino que proveyó al campo, la industria y los servicios de Estados Unidos con un inapreciable subsidio en forma de mano de obra barata. La economía del país vecino recibió una inyección de competitividad frente a Europa y Asia en la forma de una fuerza laboral que puede ser explotada sin límite porque se encuentra en una total indefensión legal.

Adicionalmente, los gobiernos neoliberales conformaron en la frontera norte y otras regiones del país campos de explotación humana para que las empresas extranjeras, industriales, agrícolas, comerciales y de servicios, pudieran exprimir en territorio nacional a una mano de obra privada de derechos y mecanismos de defensa. Se crearon, de esa forma, millones de puestos de trabajo de ínfima calidad cuya existencia depende por completo del TLC.

Además, los sucesivos gobiernos neoliberales han permitido, por otra parte, la implantación de mecanismos extranjeros de supervisión del quehacer gubernamental (que vigilan el cumplimiento del catecismo neoliberal y voltean hacia otro lado ante actos de corrupción monumentales) y entregaron a Washington el manejo de la política migratoria nacional y de la seguridad nacional.

Deberían dejar de hacerse los tontos. Los responsables de la vergonzosa supeditación del país, de la expulsión de decenas de millones de connacionales y de su estado de extremada vulerabilidad en el territorio vecino no son Trump y sus hordas, sino Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa, Enrique Peña Nieto, José Córdoba Montoya, Jaime Serra Puche, Pedro Aspe Armella, Guillermo Ortiz Martínez, Agustín Carstens, José Ángel Gurría Treviño, Francisco Gil Díaz, Luis Videgaray Caso, Miguel Mancera Aguayo, Herminio Blanco Mendoza, Luis Ernesto Derbez, Jorge G. Castañeda, Ildefonso Guajardo, Patricia Espinosa Cantellano, José Antonio Meade Kuribreña, Emilio Lozoya Thalmann, Jesús Reyes Heroles González Garza, Luis Téllez Kuenzler, Georgina Kessel Martínez y otros que ya no caben en la enumeración.
__________
Ilustración: “Masquerade”, por Alison E. Kurek.

10.11.16

Ganar soberanía



Ahora toca hacer frente a tiempos oscuros que tal vez remitan a la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca y el giro mundial hacia la destrucción bélica, el aplastamiento de libertades individuales, la paranoia policial generalizada y la cínica utilización del poder militar imperial para la consecución de los negocios del clan presidencial.

Pero, a diferencia de Bush, Donald Trump encarna las corrientes aislacionistas estadunidenses que depositan en la globalización el origen de todos los males y que, por ello, miran con recelo a la OTAN y a los acuerdos de libre comercio y sueñan con desvincular a la todavía superpotencia de sus más sólidos aliados y socios. Ya el empresario neoyorquino tendrá tiempo de responderse cómo emprender grandes aventuras militares (la amenaza sobre Irán es explícita) sin contar con coaliciones multinacionales que se definen, en última instancia, por la comunión de propósitos económicos. La promesa de Trump de reconstruir el esplendor estadunidense –que obliga, junto con sus arengas racistas, a recordar los demagógicos propósitos de restauración imperial de Mussolini y de Hitler– es imposible de cumplir porque si Estados Unidos ha sido capaz de sobrevivir a su propia decadencia ello se debe a su capacidad de descentralizar su propio poder y de construir un sofisticado aparato de colaboración política, económica, tecnológica y militar con potencias antiguas y emergentes y de poner esa red al servicio de los capitales transnacionales en general, no exclusivamente de los estadunidenses. La complejidad de esa construcción –indispensable para Washington– es incompatible con la manifiesta brutalidad del magnate, quien propugna el predominio mundial del empresariado de su país.

En lo que respecta a México y a los mexicanos, Trump representa una amenaza real. El ahora presidente electo ha alimentado el odio racista en contra de los connacionales que viven y trabajan en Estados Unidos, ha amagado con deportarlos en forma masiva; ha sido claro en su amenaza de imponerle a nuestro país, manu militari, el pago por la construcción de un muro divisorio. Además, se ha manifestado a favor de la revisión radical –si no es que de la derogación– del Tratado de Libre Comercio y de “llevar de vuelta” a su país a las empresas estadunidenses hoy en día instaladas en el nuestro. El acento electorero y demagógico de semejantes propósitos no logra ocultar su carácter como expresiones del genuino pensamiento del individuo que en un par de meses estará despachando en la oficina oval de la Casa Blanca.

Pero, sin llegar a minimizar el antimexicanismo de Trump como un mero conjunto de fanfarronadas, lo cierto es que sus acciones agresivas son difícilmente realizables. Puede esperarse un incremento cuantitativo de las deportaciones pero la expulsión generalizada de indocumentados exigiría un aparato administrativo y policial del que Washington carece y que le costaría un dineral a los contribuyentes. Lo más peligroso de la retórica racista del magnate no es lo que éste pueda hacer desde el gobierno sino que alimenta a los grupos supremacistas y antiinmigrantes, los cuales pueden verse alentados a emprender agresiones y hasta cacerías en contra de nuestros connacionales y de otros grupos de migrantes, particularmente los de credo islámico.

En el fondo, la idea de prescindir de la mano de obra indocumentada parte de la ignorancia de que ésta es un componente fundamental de la competitividad que le queda a la economía estadunidense frente a Europa yAsia. En este sentido, la política migratoria de la superpotencia es un mecanismo hipócrita para regular el astronómico subsidio que recibe de los países de origen de la migración en forma de un trabajo que se paga muy por debajo de su precio explotando la indefensión legal de los “sin papeles”.

Del famoso muro: ya fue construido en todos los tramos de frontera en los que la construcción era viable (cerca de un tercio de la línea de demarcación). Cercar miles de kilómetros de desiertos es una estupidez irrealizable en términos económicos y hasta topográficos a la que seguramente se opondrá la mayor parte de la clase política del país vecino, y la pretensión de obtener los fondos necesarios de las remesas de los mexicanos implica una operación administrativa y financiera tan complicada que el propio Obama la sintetizó con una expresión irónica: “suerte con eso”. En cuanto a la idea de imponer un gravamen de 35 por ciento a las importaciones desde México, se trataría, a fin de cuentas, de un impuesto interno, habida cuenta del grado de integración de los procesos productivos de numerosas transnacionales de origen estadunidense que operan en nuestro país.

Proyectado a México, el ideario aislacionista y chovinista electo conllevaría una grave afectación a los intereses de Estados Unidos, en primer lugar, y es razonable suponer, en consecuencia, que será frenado por los poderes fácticos empresariales de su país. Trump puede imprimir un freno al proceso de integración y hasta una reducción cuantitativa de los intercambios, pero no es probable que los consejos de administración y los legisladores le permitan una suerte de “usexit” del TLC o algo parecido.

Del lado mexicano la economía ya empezó a sufrir el efecto Trump y es probable que experimente una nueva y prolongada desaceleración para agravar un desempeño propio de suyo deplorable. Pero la súbita tendencia antiglobalizadora que está por llegar a Washington puede ser, en cambio, una oportunidad inesperada para reducir la dependencia económica y política con respecto al país vecino.

En lo inmediato, la victoria del magnate reduce en forma significativa el margen del infame Acuerdo Transpacífico, firmado por el régimen de Peña Nieto pero aún pendiente de ratificación. Asimismo, el problemón institucional que empieza a gestarse en Washington a raíz de la transición Obama-Trump obligará al poder imperial a centrarse en sus propios problemas y a descuidar su inveterado injerencismo hacia México.

La circunstancia sería ideal si tuviéramos de presidente a un estadista como Lázaro Cárdenas, pero el que está en Los Pinos hoy se llama Enrique Peña. Es trágico que nuestro país carezca en el momento presente de un gobierno nacional propiamente dicho, capaz de aprovechar la coyuntura para recuperar algo o mucho de la soberanía perdida y salir en defensa de esa porción de país a la que podría llamarse México del Norte: decenas de millones de connacionales dispersos en la geografía estadunidense y que más que nunca están en peligro. Pero lo que hay es una suerte de gerencia proconsular sin más proyecto que enriquecerse con dinero público, dar satisfacción a rajatabla a los intereses transnacionales y perpetuarse en el poder por los medios que sea. Lo peligroso para México es que la primera mitad del mandato de Trump coincidirá con el último tercio de un sexenio carente de más política exterior que el alineamiento servil y automático a los designios de Washington.

Aun así, el grado de distanciamiento que Trump logre imponer –y que tendrá efectos económicos perniciosos, sin duda– puede y debe ser aprovechado desde los movimientos sociales y desde la oposición política para ganar soberanía.
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Ilustración: mural “Paseo de Humanidad”, adosado al muro fronterizo en Nogales, Sonora, obra colectiva de Alberto Morackis, Alfred Quiróz y Guadalupe Serrano. Foto de Jonathan McIntosh.

8.11.16

Las muertes de Daniel


Daniel Ortega falleció en combate a una edad precoz. No había cumplido 22 años cuando participó en la tentativa del Frente Sandinista de Liberación Nacional de implantar un foco guerrillero en las montañas de Matagalpa. Un error de los rebeldes hizo posible que la Guardia Nacional de Anastasio Somoza los ubicara y los aniquilara en el cerro de Pancasán. Allí cayeron, entre otros, el legendario Pablo Úbeda, maestro de profesión; Silvio Mayorga, nativo de Nagarote; el obrero Carlos Reyna y un muchacho aun más joven que Daniel, Otto Casco, quien apenas cursaba la secundaria. El médico Óscar Danilo Rosales fue capturado vivo y torturado a muerte en una mazmorra del tirano. La dictadura somocista parecía eterna por entonces y nada permitía presagiar su caída, y mucho menos el triunfo de una revolución armada.

Dos años después de aquellos sucesos, la Guardia Nacional cayó sobre una casa de seguridad del Frente ubicada en el que se llamaba por entonces Barrio Maldito de Managua. Allí murieron combatiendo Julio Buitrago y Daniel Ortega. El segundo volvió a ser asesinado por la dictadura en 1970 al lado de Luisa Amanda Espinoza y junto a María Castil. Cayó en combate o huyendo de la represión en las mismas fechas en las que mataron a la chinita Arlen Siu, a Julia Herrera, a Mildred Abaunza, a Mercedes Avendaño, a Claudia Chamorro, a Ángela Morales, a Genoveva Rodríguez, a Pilú Gutiérrez, a Mercedes Peña, a Martina Alemán, a la enfermera Clotilde Moreno, a la mexicana Araceli Pérez, a Idania Fernández, a Laura Sofía Olivas, a Nydia Espinal, a la bailarina Ruth Palacios, y a tantas otras que lucharon por una patria libre pero también por un país en el que se respetara los derechos de las mujeres y en el que ningún gobierno acabara prohibiendo el aborto.

Pero uno de los pocos sobrevivientes de la gesta de Pancasán, Bernardino Díaz, fue detenido por los esbirros de Somoza y su cadáver fue encontrado con huellas de tortura cerca de Wasaka. Otro cuerpo fue identificado como perteneciente a Daniel Ortega, un todavía joven sandinista que había estado en la cárcel por asaltar un banco con el propósito de recuperar fondos para la lucha y que había escapado de la prisión. Su muerte heroica lo salvó de contemplar el vomitivo espectáculo que tuvo lugar dos décadas más tarde, cuando unos comandantes derrotados en las urnas se repartieron la propiedad de todos en un acto de pillaje conocido como “la piñata”.

El comandante Daniel Ortega Saavedra fue capturado cerca del río Zinica junto con Carlos Fonseca Amador, fundador y dirigente máximo del FSLN, cuando se realizaban esfuerzos por reunificar al Frente, que por entonces estaba partido en tres tendencias; ambos fueron ejecutados por un soldado borracho. Pero además, Daniel murió en vísperas del triunfo revolucionario al lado de Germán Pomares, El Danto, y cayó combatiendo en Rivas al mismo tiempo que el cura asturiano Gaspar García Laviana, quien se había unido a la lucha sandinista años atrás, y junto a tantos otros que dieron su vida por la democracia, la igualdad, la justicia social, la libertad, el estado de derecho, la probidad y, sobre todo, la decencia.

El general Daniel Ortega Saavedra murió de tristeza el 25 de febrero de 1990 cuando perdió las elecciones presidenciales frente a lo que era entonces la derecha, y falleció en la década pasada por la vergüenza que le causó el haber sometido al poeta Ernesto Cardenal a una persecución judicial injustificada y vesánica.

El émulo de finquero presidencial, el dictadorzuelo tropical que fue reelecto en Nicaragua hace unos días no tiene nada que ver con aquel comandante guerrillero que peleó por su país y que luego encabezó un intento de transformación social durante once años. El hombre abotagado y grotesco que exhibe la jefatura de Estado en la Nicaragua de hoy se llama igual y algunos de sus gestos y sus rasgos evocan vagamente al joven Daniel Ortega Saavedra, pero fuera de eso no hay nada en común entre ambos. Daniel Ortega falleció en combate. 

1.11.16

Ofrenda


Sangre detenida, gota quieta, lágrima en suspenso sobre el borde del párpado; pupila inmóvil, cráneo ciego, alma oscurecida, gesto que se quedó en camino de ser, alba que ya no te amanece, sueño que se disuelve en un futuro cancelado, porfía de la quietud, desorden de tus elementos, difunta, difunto, carne todavía tibia, corazón mío, astilla de hueso, recuerdo impregnado de polvo, olvido irremediable:

Vengo hasta ti con dolor y gozo a preguntarte cómo no has estado este año y este siglo, cuánto te pesa la nada, con quiénes has guardado silencio, de cuántos males no te has quejado y a qué parientes no has visto. Vengo a arroparte en un abrazo de aire curtido en los aromas del copal y del incienso. Traigo preguntas que no vas a responderme desde tu postración definitiva pero que acaso me contestes musitando desde mi interior, y abrigo la ilusión de que los tímpanos puedan escuchar en sentido contrario, de adentro para afuera. Vengo con la certeza amarga de que si algo queda de ti es la maraña de evocaciones que me habita: el timbre de tu voz, tus muecas y tus modos, tu sufrimiento y tu alborozo, tu risa y tu bostezo y tu milagro de haber sido.

Estuviste ausente de este mundo durante miles de millones de años, viviste como un relámpago y ahora has regresado al caos. Pasaste como pasan las épocas, las lluvias y el pez irrepetible que remonta el río. Sólo dejaste el recuerdo de tu fulgor plateado. Vengo a la tumba, al osario, a la fosa clandestina, al registro civil, no porque estés en uno de esos sitios sino porque en uno de ellos me he dado cita con la porción de mí que es tu ausencia.

No sientas angustia: no morirás dos veces. Llevaré conmigo tu memoria como una enfermedad incurable, como una virtud indómita, como una deliciosa cicatriz. Te llevaré hasta que me llegue el tiempo de volverme, a mi vez, recuerdo en las entrañas de otra gente. Y seré, aun entonces, un recuerdo habitado por recuerdos. Así avanzaremos por la historia, compactándonos y caminando hacia la esencia de átomos: los muertos de los muertos de los muertos, la parte millonésima de una generación distante, la partícula mínima de una civilización extinta. No llores, criatura mía, que de esa forma llegaremos hasta el fin de la especie, contenidos los unos en los otros, cada vez más pequeños, pero acompañados por un torrente humano que deja a su paso un rastro memorable.

Aquí en el hueco de tu pecho desaparecido están los australopitecos, la mujer Lucy y la niña Selam; aquí llevas a los neandertales y a los cromañones, a los migrantes de Beringia y a los escitas; en tu interior inexistente viajan en el tiempo los xicalancas y los egipcios, los astrogodos, el Doncel, el abuelo Alberto, la tía Lola, el padre, la madre, el hermano. Tú, que ya estás con ellos, ayúdame a serenarlos. Compongamos una canción de cuna para que duerman su sueño sin sueños y un canto matinal para que despierten este día y vuelvan, en ti y en mí, a sentarse a la mesa de los vivos.

Encarne cada cual de ustedes en la flama de una vela, en un pétalo de cempasúchil, en un grano de azúcar, en una gota de agua; aspire una voluta de incienso; disfrute el aroma del azahar en el pan de muerto; tórnese una presencia fulgurante; camine, pueble, respire, maldiga, acaricie; regrese el brillo a sus ojos, retorne el calor a sus manos, vuelva a su boca la saliva.

En tanto no se rompan estas muñecas rusas que somos los vivientes, ustedes nacerán de nuestros cuerpos preñados de muerte una vez al año. Navegarán río arriba por nuestro llanto amoroso hasta llegar al manantial oscuro del que provienen. Volverán a ver sus propios rostros reflejados en la poza primigenia, límpidos y serenos, sin muecas hospitalarias ni huellas del tormento, con la dentadura completa y la piel lozana. Se acordarán. Discernirán. Platicaremos.

Sal de la lágrima, almendra de la vida, molécula vagabunda: vamos a convivir en la falta perfecta de conciencia. Ayúdame, cuerpo ausente que te llamas Tomás o Lucía o cualquier otro nombre, a orientar cada pensamiento para todos y cada uno de tus hermanos. Hallemos esta noche al que fue y ya no es, brindémosle un asiento, tendámosle la mano. Llámalos. Congrégalos. Esencias que carecen de todo y no ambicionan nada: la mesa está servida para ustedes.

Y ya mañana, corazón mío, sueño disuelto, cráneo ciego, sangre detenida, se irán, descansarás. Volverás al no ser de cada día, al aire frío de noviembre, a la foto del muerto en el sitio amoroso y cotidiano, a la pavorosa nada.
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Foto: Peter Sumner Walton Bellamy. “Bones and Flowers”.



30.10.16

Calaveras para
joder al país



Donald Trump
Este mamarracho hediondo,
racista y abusador,
despide tan mal olor
que está enterrado muy hondo
pero él sigue muy orondo
en ese agujero oscuro
y dice que de seguro
cuando gane la elección
alrededor del panteón
habrá de construir un muro.

Enrique Peña Nieto
“La Casa Blanca” es llamada
su asquerosa sepultura
mas no hay ninguna blancura
en esa tumba olvidada.
Aunque ya no sea nada
en esos negros arcanos,
comido por los gusanos
y mientras se rasca el lomo,
él sigue pensando cómo
joder a los mexicanos.

La Calderona
Cuando acabó en el panteón
con horrísono alarido,
los muertos de su marido
le armaron un gran follón
pues siendo de Calderón
cómplice y encubridora,
se presentó la señora
como una mosquita muerta
y hoy en su tumba desierta
ninguna persona llora.

Enrique Ochoa Reza
Llegó este montón de huesos
corruptos hasta el panteón
con una liquidación
de más de un millón de pesos.

Aurelio Nuño
Este pirruro apestoso,
verdugo del magisterio,
terminó en el cementerio
en lo más hondo de un foso.
Pero hoy sigue haciendo el oso
porque en la siniestra aldea
no hay ni un muerto que le crea
y es que ni muerto ni vivo
del asunto educativo
tuvo la menor idea.

Senadores
Fernando Mayans y Luis Sánchez
Dos calaveras pelonas,
envueltas en sus sudarios,
se definen como “usuarios
de la trata de personas”.

Javier Duarte
Aunque piensen que está muerto
Javier Duarte no murió:
sólo desapareció
causando gran desconcierto.
Siendo de fraudes experto
y de robos muy cochinos,
encubridor de asesinos,
pintoresco en el hablar,
si lo quieren encontrar
nomás búsquenlo en Los Pinos.



27.10.16

La bondad malvada


Él es un chavo en su primera veintena, alto y flacucho y de barba incipiente; ella, acaso un poco menor, chaparrita y con cara de ángel. Vestían con prendas negras y él llevaba un enorme tambor colgando del hombro. Me abordaron hace un par de semanas en la plaza de Uruapan cuando yo caminaba en busca de algún changarro donde cenar.

Ayúdenos, por favor –me dijo él–. No somos de aquí y estamos varados porque no hay autobuses. Se suspendieron todas las corridas.

Somos de Morelia –agregó ella.

En efecto, ese día las empresas camioneras habían suspendido las corridas en la mayor parte de Michoacán con el pretexto de una amenaza real o imaginaria a la seguridad de sus unidades y el paro patronal había hecho imposible que varios compañeros nos reuniéramos en Uruapan para salir de allí con rumbo a Apatzingán en tareas de formación política.

A los chavos se les veía asustados, cansados y hambrientos. Su circunstancia me abrumó y no supe qué decirles ni cómo actuar. Casi sin pensarlo saqué de mi bolsillo un billete de baja denominación y se lo entregué.

Tengan –les dije–. Coman algo.

Parece ser que los chavos esperaban una moneda porque se mostraron sorprendidos y muy agradecidos.

Que Dios lo bendiga –me dijo ella, casi gritando de la emoción. Sentí mucha vergüenza y me alejé de ellos. Crucé la plaza, me metí en una fonda de mala muerte que encontré al otro lado y pedí una torta de cualquier cosa.

Antes de que me la sirvieran me cayó de golpe todo el peso de la acción que acababa de realizar: un acto de caridad.

Le dije a la mesera que me esperara un momento, ella me observó con sospecha, como temiendo que yo hubiera ordenado algo y pretendiera irme sin pagarlo ni consumirlo, así que saqué otro billete de esos y lo dejé sobre la mesa.

Para que vea que sí voy a regresar –le dije, y salí casi corriendo a buscar a los muchachos.

Recorrí la plaza de punta a punta, me metí en un par de negocios, pregunté por ellos a grupos de chavos que se veían locales, y nada. Me interné por las calles estrechas que desembocan en los portales y traté de distinguir sus siluetas entre la noche de Uruapan –un joven largirucho que llevaba en bandolera un tambor enorme y una chavita menuda de pelo largo– pero no las hallé. Derrotado, volví a la lonchería, que ya estaba a punto de cerrar. Mi torta yacía envuelta en un papel y ya fría sobre el mostrador de la entrada.

Pensé que no iba a regresar –me dijo la mesera, con voz un tanto desilusionada, y me entregó el pan y el cambio.

Le regalé las monedas sobrantes, tomé la torta, compré un café en una tienda de franquicia y me fui a sentar a una banca de la plaza con la esperanza de ver pasar a la pareja de morelianos.

Mientras apuraba la comida repasé la situación: aquellos chavos se veían asustados, cansados y exhaustos y mi estúpida cabeza no había tenido más ocurrencia que darles unos pesos. Habría debido invitarlos a cenar conmigo, habría debido buscarles un hotel barato y habría debido echarles una mano en su inmenso desamparo. Habría debido preguntarles por sus vidas, platicar con ellos y hacerles sentir que este país no es tan espinoso e indiferente con un par de jóvenes que no tienen manera de regresar a casa. Habría debido, en suma, adoptar una actitud solidaria. Pero en vez de eso, atolondrado y desconcertado, les había dado una limosna. Con ello había faltado a mis principios y había incurrido en un acto que me parece aborrecible. Además había desperdiciado la ocasión de interactuar, aprender y explicar cosas a un par de tórtolos que se aventuraron fuera de sus respectivos nidos y que a esas horas debían estarse arrepintiendo de su arrojo. Por añadidura, había traicionado a mi adolescente interior, el que en varias ocasiones durmió en una estación de metro en ciudades extrañas, el que se aterró ante la otredad del mundo y el que robó comida cuando no hubo más remedio. Pero también había cometido una deslealtad hacia los que le ofrecieron alimento y plática a ese joven errabundo y tímido que alguna vez fui y a los que –cómo olvidar a uno solo de ellos y de ellas– le facilitaron un sanitario y le brindaron un techo para dormir y para coger.

–“Dios se lo pague” –recordé–. Me lo tenía bien merecido.

Cuando me acabé la torta decidí realizar otro rondín por los alrededores de esa y de otras plazas. Un autobús se había estacionado en las inmediaciones y el chofer negociaba con un grupo variopinto una tarifa elevadísima por llevarlos a Morelia. Repasé la fila de posibles pasajeros con la esperanza de hallar allí a esos dos y me asomé a las ventanillas para ver si estaban ya a bordo, pero no. Tomé entonces un taxi y le pedí que peinara despacio el centro de la ciudad, con la esperanza vana de divisarlos acurrucados en un quicio. Al cabo de una hora de vueltas y vueltas me di por vencido y me resigné a volver al hotel. Ratifiqué, por primera vez en muchos años, que la culpa es enemiga del sueño y se me vino a la mente un oxímoron implacable: la bondad malvada. ¿O no es malvada la indiferencia?

Por ejemplo, Teresa de Calcuta ayudaba a salir de este mundo a enfermos graves y moribundos, no por empatía sino porque le encantaba palpar de cerca el dolor. Por eso en sus morideros no había analgésicos más allá de las aspirinas, las jeringas desechables se reutilizaban y nadie se preocupaba por el bienestar de los internos sino por la salvación de sus almas. Cientos de millones de dólares de donaciones que habrían podido emplearse en la construcción de clínicas y hospitales fueron desviados a esos recintos de expiación terminal. Ella estaba convencida de que “hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo” y de que “el mundo gana con su sufrimiento”. De eso hay numerosos testimonios, libros y documentales.

Otro caso paradigmático de esa clase de bondad es la red de Centros de Rehabilitación Infantil Teletón (CRITs), construidos con dinero ajeno que sirve, además, para exentar obligaciones fiscales propias. El más caro de ellos, en Puebla, costó cerca de 325 millones de pesos pero los hay de 170 millones, como el de Cancún. Esos locales, que no son gratuitos y en los que según algunos testimonios se pide testimonio de fe católica para ingresar a los pacientes, le sirven a Televisa para hacer el negocio del mundo y a los gobernantes, para hacerse tontos ante la obligación constitucional del Estado de garantizar el derecho a la salud a todos los habitantes. Entre 2013 y 2015 el Sistema de Administración Tributaria le devolvió a la televisora tres mil millones de pesos, con los cuales habrían podido construirse unos 600 establecimientos como el Centro de Rehabilitación Integral Municipal (CRIM) que opera en Felipe Carrillo Puerto, Q. R., y que brinda servicios equiparables (pero sin símbolos cursis ni colores chillones) a población abierta y a un precio simbólico o nulo. Lo peor del caso es que muchos experimentan un genuino agradecimiento hacia los CRITs –que Dios los bendiga– y, claro, olvidan que la salud es un derecho irrenunciable de los ciudadanos, una obligación desdeñada por el Estado y un negociazo para algunos vividores.

Total, que hay una clase de bondad que se practica por deseos personales inconfesables, por el afán de lograr ganancias en dinero y en imagen pública o, como me ocurrió a mí en un anochecer de Uruapan, por salir del paso ante una situación incómoda y jodida. Chava y chavo perdidos en la noche: en el remoto caso de que lean esto, les ruego que perdonen mi despreocupación abominable. Prometo que no volverá a ocurrir, ni con ustedes ni con nadie.

25.10.16

Coalición o colusión

En una entrevista publicada ayer en La Jornada, Manlio Fabio Beltrones expuso su propuesta de establecer un gobierno de coalición obligatoria en caso de que ninguno de los contendientes presidenciales en 2018 logre obtener cuando menos 42 por ciento de los votos. La idea, se entiende, tendría que pasar por una reforma política que impusiera a un vencedor por mayoría simple por debajo de ese porcentaje la obligación de registrar ante el Congreso un programa de gobierno y una agenda legislativa en común con otros partidos y someter a la aprobación de diputados y senadores la composición de su gabinete, salvo los cargos de Defensa, Marina y Seguridad Pública. Se trataría, según él, de una alternativa a la instauración de la segunda vuelta en elecciones presidenciales que propusieron los panistas. En ambos casos, se afirma, el propósito es dar gobernabilidad, legitimidad y estabilidad a la Presidencia.

En la lógica de Beltrones, tanto Felipe Calderón como Enrique Peña Nieto habrían tenido que pasar por el trámite de la coalición porque, según los resultados oficiales, ninguno de ellos superó el margen del 42 por ciento de los votos: 35.89 por ciento para el panista y 38.21 para el mexiquense.

Tales porcentajes fueron obtenidos mediante sendos fraudes electorales. En realidad Calderón quedó cuatro puntos porcentuales por debajo de de López Obrador, pero coronó una ventaja insignificante (0.56 por ciento) con el trasvase masivo de votos priístas, gestión que tuvo a Elba Esther Gordillo como operadora principal (léase La cocina del diablo. El fraude de 2006 y los intelectuales, de Héctor Díaz-polanco). Peña compró cerca de cinco millones de sufragios mediante tarjetas Monex y Soriana, dinero en efectivo y productos diversos. Incluso con los medios fraudulentos empeñados, ambos obtuvieron votaciones relativamente exiguas, pero lo que manchó de ilegitimidad sus respectivas administraciones no fue una débil representatividad sino las escandalosas adulteraciones de la voluntad popular.

Eso explica que panistas y priístas hayan tenido que echarse la mano para consolidar presidencias que son productos del fraude. Si Calderón logró incrustarse en Los Pinos y mantenerse allí fue porque los priístas se lo permitieron. En su sexenio se volvió inocultable la coalición de facto del PRIAN, que venía gestándose desde tiempos de Salinas y que se consolidó en los sexenios de Zedillo y de Fox. El peñato se estrenó con el Pacto por México, que amplió la alianza para convertirla en PRIANRD y que agrupa, además del partido del sol azteca, al Verde, el Panal y demás. Uno y otro se vieron forzados a subsanar su falta de legitimidad mediante un acuerdo bajo la mesa (el primero) y explícito (el segundo) que si bien no incluyeron el reparto de puestos en el gabinete sí llevaron a la distribución de toda suerte de canonjías e impunidades para formaciones opositoras que sólo lo eran en el papel.

La esencia de la ingobernabilidad e ilegitimidad crecientes que experimenta esa coalición no reside desde luego en las disposiciones electorales pasadas o vigentes sino, como ya se ha dicho, en la determinación de violarlas para mantener el poder, pero también en los propósitos y contenidos de ese poder, que básicamente se resumen en tres puntos: mantener y profundizar el programa económico neoliberal; garantizar la impunidad de los antecesores por los sucesores, al margen de qué colores y siglas se encuentren en los cargos, y preservar la corrupción en la administración pública y la política como fuente de enriquecimiento personal y faccional.

En consecuencia, si el PRIANRD fuera a conservar el poder presidencial otros seis años, la figura de la coalición sería innecesaria e irrelevante porque ya tiene sobrada experiencia en una forma más flexible de compartir el gobierno: la colusión, mencionada con agudeza por el reportero Arturo Cano en la plática con Beltrones.

Tal vez el veterano priísta esté sopesando en la posibilidad de que en 2018 el fraude no baste para impedir que alguien ajeno a esa coalición prianrredista llegue al gobierno y en la pertinencia de idesar mecanismos para atarle las manos a fin de asegurar la supervivencia de las mafias del poder. O será que piensa en la estabilidad política, la consolidación democrática y el bienestar de México.